La ciudad en invierno en el Blog de Jordi Carrión

Jordi Carrión
Blog de Jordi Carrión
2 de agosto de 2009
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LA ANGUSTIA DE LA BURBUJITA

Una niña que se suelta la burbujita en el agua es como un adulto que va a 150 kms por hora sin el cinturón puesto. El accidente acecha. Y, con él, el espectador o el lector se angustia. La burbujita fucsia de la infancia, en la piscina de una urbanización residencial construida en los 60, es el símbolo que Elvira Navarro escoge en el primer relato de los cuatro que componen La ciudad en invierno para hablar del límite en que se instala Clara, la protagonista de todos ellos, al borde siempre del accidente. Una delgada línea fucsia que recorre los cuatro momentos de la infancia y adolescencia del personaje que se retratan en este libro, que empieza en verano y concluye en invierno, pero donde los cuatro cuentos o nouvelles o fragmentos narrativos no se corresponden con las cuatro estaciones, sino que se sitúan en un cambio climático brutal, inquietante, de temperatura maniqueísta y política incorrecta.
Porque la tentación por el límite de la joven protagonista se articula en dos polos. La huida y la abyección. En el primer relato, “Expiación”, Clara siente un asco por la comida o por los familiares que en verdad es por una educación burguesa que se basa en la amenaza, el temor y el cariño obligatorio a los parientes (en quienes sus padres delegan su formación, como más tarde harán con las actividades extra-escolares en una academia de dibujo). El segundo, “Cabeza de huevo”, introduce en su vida, equis tiempo más tarde, la perversión, infantil y adulta, en un juego telefónico que termina en un encuentro erótico y violento entre un ciego y dos niñas. El cuarto, “Amor”, que retrata la llegada de Clara a la plena adolescencia, plantea otro juego, el de la freaky y el freaky de la clase, que desemboca en la huida final del libro, en la que –como en el final de La colmena– el personaje protagonista llega a la periferia, donde la ciudad se disuelve, sin saber el porqué de su huida, de su búsqueda incesante de lo no-familiar y de lo indefinido.
El tercer relato, que da título al volumen, es el más elaborado e inquietante de la serie. Mediante una inversión temporal, Navarro cuenta primero (en “El invierno”) la excursión campestre que organizan los padres de Clara para tratar el trauma que presumiblemente habrá supuesto su violación por parte de un desconocido. En la segunda parte (“La ciudad”), cronológicamente anterior, se relata la exploración ginecológica y la investigación policial y personal que dan con el culpabledel abuso. El uso inquietante de los diálogos (la repetición sistemática de “preguntó el psicólogo” y “respondió Clara” en el interrogatorio del hospital, la pregunta final del vagabundo involucrado en el caso) es paralelo a la introspección en la protagonista, que lentamente nos va dando datos sobre lo que oscuramente ocurre en su interior desde la infancia.
El único epígrafe del libro aparece antes de ese relato central. Es de Ricardo Piglia: un enigma literario puede ser enfrentado desde la acumulación de datos diferentes o desde la repetición periódica de un mismo dato. En cuatro escenas, Elvirra Navarro ha planteado su debut como una malformación sentimental profundamente enigmática. Que sólo podrá ser resuelta –quizá– si en un futuro nos muestra a Clara, en su juventud y en su edad adulta, masturbándose como hacía de pequeñita, o huyendo, o tocando de nuevo con las puntas de los dedos el rostro de lo abyecto. A 200 por la autopista y sin el cinturón puesto.