La ciudad en invierno en La Nueva España, por Tino Pertierra

Tino Pertierra
La Nueva España
3 de abril de 2007
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EL SILENCIO DE LOS INOCENTES

Una ocupa noventa y tres páginas. La otra llega a las ciento seis. Poco espacio, mucho territorio. Dos autoras que salen a la luz gracias a la linterna de Constantino Bértolo y la combativa editorial Caballo de Troya. Dos novelas que se salen de la tangente para ir en línea recta hacia la cuadratura del círculo: cómo contar lo que sabemos con una voz que lo hace distinto.La ciudad en invierno lleva la firma de Elvira Navarro y es una obra sobre el espionaje de la expiación. El miedo, siempre al acecho en los lugares más evidentes, los que nos rodean en cualquier momento para despojarnos de nuestra invisibilidad. El dolor y también la furia imponen sus leyes injustas en una suciedad anónima de viviendas clónicas y cloros amenazantes. Un mundo que mete miedo: desde que haces y para que te mueras. Fuegos prohibidos de adolescentes que convierten la línea caliente en un juego de casi niñas. ¿Por qué lo llamarán sexo cuando quieren decir amor?

Y la violencia, de golpe y porrazo. Inesperada: salvaje y tal vez inevitable. La ceguera del horror que se emancipa de la cordura para convertir la inocencia en brutalidad. La fantasía en certezas. Fragmentada en piezas que podrían ser independientes pero que se dan el sentido final unas a otras, La ciudad en invierno es un trallazo literario que rezuma inquietud, o, mejor dicho, que supura inquietud por los cuatro costados. Sin pirotecnias verbales ni juegos de artificio con los que maquillar la falta de carne narrativa, Navarro propone al lector un juego de espejos rotos y soluciones siempre incómodas. Cruel y dulce al mismo tiempo: criaturas desamparadas al borde del abismo. Otra vuelta de tuerca a la fragilidad del ser humano: la que le hace ser extremadamente peligroso.
El llanto de los caracoles lleva el sello de Mercedes Beroiz yse permite la admirable osadía de plantar cara a lo que contaba García Márquez en su decepcionante Memoria de las putas tristes: la niña que en ese libro tenía catorce años y guardaba silencio mientras el protagonista daba rienda suelta a sus instintos, es ahora quien habla desde la ancianidad para dar voz a lo que fue cuando el silencio era su amo y señor. El peligro de arrimarse demasiado al estilo de García Márquez es sorteado por la autora con la inteligencia necesaria para este tipo de desafíos literarios, demasiado vulnerables a tentaciones paródicas o miméticas que minarían su efectividad. Beroiz construye su réplica desde el respeto pero también desde una saludable insolencia que permite profundizar en aquello que García Márquez dejaba a la intemperie de los tristes tópicos, azotados por una ventolera que para muchos nacía de un soterrado machismo. Beroiz le da el verbo a quien sólo era un pedazo de carne silencioso y yermo, y el resultado es un magnífico ejercicio de literatura sin hojarasca que corre en paralelo contra un gigante y lo supera.

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