La ciudad en invierno en Literaturas.com, por Roberto Valencia

Roberto Valencia
Literaturas.com
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Paradójicamente, las escenas iniciales de La ciudad en invierno suceden en verano en una finca alejada de la metrópolis. Su inicio es sensacional, y aunque le debe un buen tributo a los primeros capítulos de Cerca del corazón salvaje, de Clarice Lispector, Elvira Navarro no se limita a trasplantar aquella prosa a un contexto español, sino que consigue desarrollar con pulso propio los logros de la escritora brasileña.

Este arranque describe un ambiente caluroso, en el que una niña -Clara, la protagonista del libro- se aburre y odia, experimenta y siente, convive y murmura. Mientras se baña en la piscina, sus percepciones microscópicas unidas a sus indeliberados movimientos de conciencia conforman un poderoso bloque de realidad del que resulta imposible evadirse. El reto narrativo parece consistir en trasladarle al lector esta red de sensaciones que conforman el pequeño mundo de la niña. Para ello, no queda otra solución que reacomodar la escala narrativa. Lo pequeño hay que convertirlo en grande: la diminuta gota de agua que se posa sobre el flotador debe ocupar todo el horizonte visual; el odio a una tía que ejerce de tutora de la pequeña, en una obsesión pegajosa; las rabietas gratuitas, en gigantescas ordalías. Pues bien, la pluma de Elvira Navarro materializa este milagro. Gracias a un estilo sencillo y cristalino, este primer tramo de la novela consigue hacernos partícipes de ese mundo atosigante e imprevisible de una niña cuyo complejo carácter exorciza los tópicos que la mala literatura acostumbra a calzarles a los personajes infantiles. Y es que Clara no es ni dichosa ni insípida. Puede comportarse de un modo caprichoso, desobediente, arbitrario, sí, pero nunca la guía una melosidad artificiosa ni la banalidad instintiva. Los niños siempre saben lo que quieren y no son imbéciles, por mucho que haya gente a la que se lo parezca. A lo sumo, los niños presentan limitaciones, abundantes, pero sus monólogos interiores jamás deberían resultan cantos a la radiante ingenuidad y a la felicidad perpetua. Primer logro.

Tras este deslumbrante comienzo, la novela -nada asegura que La ciudad en invierno sea una recopilación de cuatro relatos- realiza tres elipsis, tres saltos temporales para contarnos otros tantos episodios adolescentes del personaje. Con lo que, claro, las cosas se complican. Si Elvira Navarro ha creado de entrada un personaje con una psicología abigarrada, no se puede menos que esperar que la acción continúe retorciéndose por las autopistas de la culpabilidad, tomando como contexto los incidentes con que la realidad puñetera y desabrida envuelve al personaje. No vamos a revelar qué le ocurre a Clara en las páginas siguientes, sólo diremos que el drama desarrollado contiene un alto grado de perturbación. La ambigüedad moral, el terror y un par de fatalidades nacidas de la torpeza y de la desproporción se convierten en los ejes de una narración fragmentaria que logra cuestionar algunas de las convenciones actuales de la novela española. Como en Pedro Páramo, de Juan Rulfo, Elvira Navarro ha eliminado los tiempos muertos, las transiciones, quedándose sólo con el tuétano de una narración que hurga con inteligente distancia en lo más oscuro e imprevisible del alma humana. Y como en un texto de, por ejemplo, Mario Vargas Llosa, la autora ha variado el tono, echando mano en cada momento del ritmo que le hace falta para crear un texto de varios registros que pide a gritos una lectura activa.

Ahora sólo queda espantar la tentación de atribuirle a Elvira Navarro rango de joven promesa, y señalar que aquí hay una escritora en firme.