La ciudad en invierno en Masacre en los jardines

Masacre en los jardines
13 de septiembre de 2007
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EL INVIERNO HUMANO

“Los peores miedos, hijo mío, son los miedos inexplicables, los miedos sin causa ni razón, los miedos sin pies ni cabeza, los miedos que vienen de dentro a afuera, que nacen en la sangre y no en el aire: el miedo a la oscuridad, el miedo a la soledad, el miedo al tiempo; los miedos que no se pueden evitar porque su substancia es nuestra propia y más íntima substancia”

Camilo José Cela
Mrs. Cadwell habla con su hijo

 

Nos hemos encontrado con esta Ciudad en invierno (Elvira Navarro, Caballo de Troya, 2007) y no nos caen los anillos al decir que ya era hora. ¿De qué?, exclamará el profano. Copien: de que una escritora  —presumiblemente grande como siga así— haya por fin soltado su “puto rollo”, que diría un buenísimo amigo de este blog; un rollo bien contado, inteligente, punzante, de picador de hielo atravesando un órgano vital. Esta ciudad de Navarro es un libro que omite certeramente en lo contado —para dejar al lector hacer su trabajo— y no lo hace en su función de espejo ardiendo, puesto que no hay medias tintas en ninguna página. No les mentimos, de verdad. Decíamos que ya era hora, nos acordamos. Hora feliz (nos ponemos asiáticos) de que a una escritora no haya que adscribirla a esa especie de inmundicia intelectual que perpetran año sí año también las Emilia Pardo Bazán de la literatura española. Esas adorables y coquetas pregaldosianas, por ponernos folklóricos.

¿Por qué hemos elegido este libro como primera reseña genuina de nuestra Masacre en los jardines, si no es estrictamente un libro de cuentos? Porque aquí no nos consideramos radicales suicidas, ni nos da vergüenza declararnos fans fatales de las hibridaciones genéricas, las inclasificaciones, el territorio a caballo entre dos géneros que se guardan su frasquito de veneno en la túnica para cuando llegue el momento de usarlo con su hermano mayor o menor (no de calidad ni edad, pese a lo que digan algunos). La ciudad en invierno tiene una interesante virtud estructural: puede leerse unitariamente, dentro de su antizoologismo (bonito palabro, oigan: no está en la jaula de la novela, tampoco del cuento; está probablemente en la jaula del texto vivo, que no es jaula tal); o como un caleidoscopio de instantes plenos de sentido e intuición psicológica.

Viajamos con Clara, la protagonista, en su crecimiento. Algunas veces, sí, desde las alturas, en ese narrador que ofrece sus meandros, sus vericuetos (y personalmente diremos que nos gusta cuando un narrador opera un trabajo visible y no formulario), en una suerte de informe científico de la gestación de la culpa. En Expiación, el primer texto, se apunta la inminencia de Clara hacia lo oscuro de la futura ciudad, del invierno, del callejón vivo y tan en sombras (terribles siempre en su mirada, porque Clara es hipersensible a los detalles). Pero en Expiación Clara está lejos de la ciudad invernal aún, solo se abisma a su primer sentimiento de culpa por una tía que la hace sentir sucia, mala por estar quieta en una piscina y abandonarse a no hacer nada “de provecho”. Culpa, siempre culpa en Clara, a la que secuestran del instinto natural del juego por la vía expeditiva. Hay que agradecerle a Navarro su buen hacer con la mirada para los detalles, de ese saber hablar de la niña (o el niño, todos hemos sentido ese gusano de la angustia) que se siente otra.

“El agua deja sobre la burbuja de corcho gotas muy pequeñas, de forma ovalada, que apenas resisten el vaivén imperceptible con el que la niña procura mantenerse a flote”.

Este libro salta. Este libro (en otro de sus aciertos) deja huecos para completar. Es honesta y deliberadamente antiestructural, con la maravilla de poder ver que una autora sabe elegir sus instantes de fuego y no se entrega a la intrascendencia. EnCabeza de huevo, el segundo texto, el lector ha rellenado el territorio entre el antes y el ahora. Cualquiera afirmaría honestamente: Clara era una niña mala (habría que ver cómo se usa ese término y en según qué lugares) pero yo no siento aversión por ella, yo he sido así. La culpa, sin embargo, no se ha borrado de su cuerpo adolescente: desde ese querer impuesto a su tía del primer relato, a la lucha en el conocimiento de sus propios límites, a huir de la culpa inducida por el otro (la tía, el sistema social, el rígido código racionalista de reglas, directrices, pautas, prohibiciones que atrapan al ciudadano). Así que Clara, as de la baraja, clave de sol, cierra ese texto huyendo ante el horror de lo privado, de lo que ocurre en el invierno de la ciudad. Porque La ciudad en invierno es lo que no se ve de toda ciudad: un mendigo, un callejón, una cuchillada, esa habitación con poca luz donde alguien toca el piano quedamente o está llorando, la pobreza; todo lo que Clara percibe nauseabunda y hermosamente al mismo tiempo. Aquí ha sentido asco por ese ciego carnívoro, que además de ser un punto de giro muy interesante, especifica lo terrible de su poder de percepción. Lo social no entra en el invierno —tomado como lugar vedado a las normas, lo escondido—; lo social no controla a Clara en ese piso. Clara, junto a su amiga, ha buscado la culpa consciente, saberse mala por sus propios méritos, el poder de uno en lo ilimitado: nadie ve a las dos amigas dar el punto y final, amarse en un fragor sexual aún por gestarse; nadie la culpa. No conviene desvelar el final.

“Clara permanecía callada. Sentía un profundo asco por haber estado gozando con aquella voz cuyo cuerpo, con solo mirarlo, le producía arcadas. Deseaba herir a aquel cretino; herirlo con la misma rabia con que en otro tiempo había estrellado huevos en las cabezas de las viejas desde su azotea”.

El invierno y La ciudad, las dos partes del tercer texto La ciudad en invierno, presumiblemente el más capital del libro, nos han hecho recordar que en las noticias, cuando uno se atreve a mirarlas, apenas se dan noticias de violaciones. Si el hecho deriva en muerte de la víctima, se da cuenta de ello someramente. Es como si ciertas variantes del horror se pusieran de moda. Ahora mola escuchar noticias de violencia de género, son el top ten del mal social (ya somos mayorcitos para malinterpretarnos, aviso). Lo social no introduce en el imaginario colectivo la violación, ahorra, cauteriza al espectador. Si solo es una mujer o una chica violada, lo social omite narrativizar precisamente por ahorrar el horror del invierno, porque la violación se constituye como una cosa que es imposible nombrar en términos explicables. No permite acotaciones. En el horror humano hay cosas así: la violación resulta complicada –por no decir inútil- de significar, como lo fue Autswitch o el genocidio de Ruanda. El índice de horror de La ciudad en invierno llega a un punto álgido en estos dos textos: ahora la función estructural se invierte, el texto se proclama misterioso y elusivo a un tiempo (Clara sueña con un bosque de coníferas, un espacio vacío para constituirse después de “eso” sin nombre, su propio invierno). Navarro construye una malla de representación inteligente, de pequeños detalles, que anuncian la inminencia de una Clara al otro lado de una barrera infranqueable, el punto de formación final de su mirada hacia el mundo: esas alimañas del campo por las que le pide a sus padres no dormir sola; ese cuadro con la caza de los ciervos; o la luz y la cabaña del bosque, una reproducción casi siniestra de esa otra escena en las huertas de Valencia, frente a su violador, como un bucle condenado a repetirse en ella. Cuando enLa ciudad se nos habla de cómo Clara cayó del pretil asistimos a la significación de lo vacío, de ese lugar sin asideros donde ya no hay nada (Navarro, muy acertadamente, ha introducido un fallo en la memoria de la adolescente). Lugar sin suceso, tiempo terrible ese que ni Clara cuando despierta en el hospital, ni nosotros, sabemos lo que ha pasado. La caída del pretil es un salto hiperbólico, por exceso, a la vida (a lo invisible y perturbador de ella), una mirada escindida para siempre, un hielo en las manos. En el invierno de la ciudad, en lo que Clara puede percibir y está vedado a la media, también hay fallas, hay callejones por los que ella cae, como una trapecista en formación. Clara no tiene camino de vuelta. Nadie lo tiene.

No hay mejor manera de hablar de Amor, el último trozo de existencia de nuestra Clara, que mostrándoles un fragmento con el que el libro hace la cuadratura del círculo. El camino de Clara hacia un territorio otro de vida, una suerte de amor o iniciación ya demasiado antiguo, un deseo que ha nacido con moho.

“Clara sale del barrio viejo, atraviesa el río y los nuevos bulevares, y se encamina hacia la autopista. Cuando al fin se gira, él ya no está”.

Al lector le toca decidir exactamente, sin efectismos morales, quién es Clara: una víctima, una infeliz, la hermosura, el mal, un azar biológico abocado a la incapacidad de aceptarse, un espejo de lo que la narcosis colectiva no quiere ver, oír y escuchar. Navarro ha hecho de Clara un caleidoscopio terrible; su mosaico incompleto de lo humano. Eso es lo grande de La ciudad en invierno.