La ciudad en invierno en Quimera, por Vicente Luis Mora

Vicente Luis Mora
Quimera Nº 282
2007

Claridades inquietantes

El primer libro de relatos de Elvira Navarro (1978) viene a situarse en una especialísima categoría, la de los libros encantadores por raros. Deliberadamente raros, como El forastero misterioso, de Mark Twain, o el Viaje alrededor de mi cuarto, de Xavier de Maistre, a los que me recuerda por la utilización maléfica de la salida de la infancia, en el primer caso, como vía de conocimiento al mundo, y por la descripción de los espacios (claustrofóbica de los grandes, y de gran angular en los entornos pequeños) que caracteriza al segundo. Esa extrañeza es deliberada, como todo lo que aparece en este libro formado por cuatro textos inquietantes, cuatro relatos enlazados tonal, geográfica y a veces temáticamente, y protagonizados por Clara, una niña que en unos cuentos tiene doce y en otros catorce años y, en todos, una considerable dosis de mala leche.

En un libro así, la existencia de una sola cita, y además de corte técnico, de Piglia, debe tener un papel revelador o ser una táctica de despiste, algo que tampoco sería extraño en un libro donde todo lo es. La cita comienza así: “para descifrar un enigma hay dos alternativas: la acumulación infinita de datos diferentes o la utilización infinita de un mismo dato. Se puede tomar una serie…”. Creo que lo más significativo de la cita no es la exposición de la dicotomía entre dos procedimientos narrativos (de los cuales la autora habría optado por el segundo, elegir un solo motivo, que a mi juicio vendría constituido por la voluntad de Clara de vivir al límite la dimensión de su miedo o del miedo al miedo), sino una palabra que aparece casi disfrazada en el tono profesoral de la cita: el enigma. En efecto, La ciudad en invierno es un libro enigmático, que habla de casi todo menos de una ciudad invernal, y donde lo narrado, según la teoría del iceberg de Hemingway o la de los “dos cuentos” del propio Piglia, es mucho menos importante que lo sugerido, que el otro cuento paralelo que apenas aparece tras las líneas de Navarro, y que es el auténticamente desasosegador. Un relato constituido en enigmas, a veces desvelados, y a veces sólo sugeridos: “ya no podrá jugar normal, ni mirar normal, ni hacer nada normal, hasta que no deje de sentir eso en las sienes y en el centro del estómago” (p. 18). La ciudad en invierno está configurado sobre ese eso y su objetivo narrativo último es poner en duda al lector sobre si ha entendido su sentido. El editor pone el acento en la cercanía del libro con un cuento de Cristina Fernández Cubas, pero a mi juicio el cuento de esta autora con el que Navarro más se relaciona es “El ángulo del horror”, y con su concepción de lo equívoco.

El libro se permite algunas facilidades, como es jugar con un personaje a lo Lolita que descubre sus impulsos sexuales, en una época donde el sexo prepúber es algo satanizado; también se acoge a fórmulas de hiperviolencia infantil que ya estaban en Niños muertos (1976) de Amis, o en el Running Wild de Ballard (1988), con idéntica vocación de alerta sobre la decadencia de un modo occidental de entender la educación y los peligros del acceso a todo tipo de excitantes antes de tiempo. Quitando esas facilidades, lo interesante de Elvira Navarro es su capacidad de contar el cuento oculto desde el visto, despojando de hojarasca el estilo (demasiado, en ocasiones) y construyendo la anécdota de un modo muy similar a la fabricación infantil de la experiencia: dando vueltas a lo mismo, despistada y desprejuiciadamente, profundizando sin preocuparse, jugando con el rostro serio, como apuntó un poeta. También tiene interés su sentido del humor, nada evidente (una muestra es llamar Clara a la niña más oscura y compleja de nuestra literatura última), y su visión de la crueldad social y familiar, descritas a la perfección. Estamos ante un buen comienzo, que nos invita a estar pendientes de la evolución futura de la autora.

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