La ciudad en invierno en Vivir del cuento, por Antonio Jiménez Morato

Antonio Jiménez Morato
Vivir del cuento
14 de junio de 2007
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DE NIÑA A MUJER

Cuando aparecen las encuestas sobre hábitos de lectura me quedo siempre un tanto extrañado: si siempre dicen que las mujeres leen mucho más que los hombres, ¿por qué no hay más mujeres que escriban? Y, ya lanzados, por qué no hay mujeres que escriban como mujeres, que lo hagan desde su manera de ver, de leer, el mundo. Siempre me ha dado un cierto repelús eso de la “literatura femenina”, sobre todo porque uno nunca ha considerado que exista una “literatura masculina”, aunque seguro que al leer esto alguna feminista radical no dudará en decirme qué la literatura ha sido, siempre machista, y que por eso no veo que pueda existir una “literatura masculina”. Yo he tenido esta discusión varias veces, porque me parece sorprendente que si muchas mujeres dicen que se ven reflejadas en Ana Karenina, en Ana Ozores, en Emma Bovary, en Fortunata o en Jacinta, etc. que son, todas, personajes creados por hombres, no entiendo por qué tildan a la literatura, sin más, de machista. Yo creo que es jugar en su contra, porque partiendo de ese modo de pensar, uno podría inferir que las mujeres son incapaces de construir personalidades masculinas creíbles y sólidas. A mí todo eso de las guerra de sexos me ha dado siempre un poco igual, la verdad. Yo me crié con mi madre y mi hermana, sin una figura paterna sólida que marcase mi modo de ser, y quizá por eso todas las mujeres a las que he conocido me han dicho que se llevan bien conmigo. No me cuesta mucho esfuerzo, la verdad, porque es como me he criado, y no entiendo demasiado lo de la guerra de sexos. Por eso desde que era bien jovencito me ha molestado mucho que, con la bandera de un feminismo mal entendido, se haya hecho promoción de autoras detestables cuyo único mérito era, por lo visto, ser mujeres. Eso de la nueva narrativa española nos trajo cosas tan insoportables, superficiales y banales como Almudena Grandes, Rosa Montero, Maruja Torres, Elvira Lindo, y toda una estirpe epigonal y tan intrascendente como ellas. Mujeres que escriben con una visión superficial de los hombres y al mismo tiempo imitan sus temáticas, sus fórmulas, su visión del mundo. Yo en esto pienso como cualquier psicoanalista con dos dedos de frente, un hombre no puede comprender a una mujer y viceversa, el hecho de que surgiera una nueva tipología de ser humano comportaría el cambio en sí de nuestra especie.
Belén Gopegui fue, sin duda, una alegría. Fue la primera de una serie de escritoras hispanas que han decidido dejarse de idioteces y escribir, sin complejos, como les salga del alma, y hablar de su mundo desde su visión particular, sin someterse a comportamientos heredados o luchas que nada tienen que ver con ellas. Gopegui es una aura valiente, más que muchos compañeros de generación, fueran hombres o no, que se ha atrevido a alumbrar territorios donde otros no se aventuraban.
Gopegui fue la primera voz que tuvimos aquí que se acercaba a esa valentía narrativa que han demostrado autoras como Lispector, Kristof, Jaeggy, Jelinek. No deja de ser curioso que quiénes se han atrevido a mirar a los ojos a la crueldad, al miedo y al dolor hayan sido mujeres. El único autor comparable en los riesgos que abarca su mirada sería Coetzee hoy por hoy.
Por eso me ha seducido muy gratamente el libro de Elvira Navarro, que se sitúa en esa estirpe, al mostrar el mundo con ojos femeninos y con una valentía muy seductora. Este su primer libro, elegido por un editor tan poco sospechoso de complacencia como es Constantino Bértolo, es una muestra de una literatura que nos puede ofrecer muchos momentos de placer en un futuro.
En apenas cien páginas nos ofrece, sobre todo, una manera de mirar el mundo, de descubrir sentimientos, pensamientos y realidades escondidas, que desarma por completo al lector. Desde la primera historia, en la que vemos esa niña que hace sufrir al mismo tiempo que teme a sus tías, nos entregamos a la voz de la narradora. Las siguientes historias usan de un modo más directo aspectos ya de por sí connotados o que entran dentro del tabú: el sexo, la pederastia, la violación, el placer, el deseo. Pero están siempre construidos de un modo impecable, su lectura es no sólo un catálogo sugerente de osadías, sino sobre todo unas historias –momentos narrativos los ha bautizado Constantino- perfectamente construidas, que uno no puede atravesar sin salir de ellas herido, tocado por la siempre punzante visión de Elvira Navarro.
El personaje que sirve como hilo conductor de todas ellas, esa Clara a la que vemos de niña y conociendo su cuerpo y sus deseos en esta narración –me resisto a llamarla novela, y no sé si es por prejuicio o por su estructura descoyuntada- de aprendizaje, esa Clara se nos vuelve, de un modo irónico y ambiguo, transparente y opaca al mismo tiempo. Se nos develan sus pensamientos, sus dudas, sus temores, pero a la vez no comprendemos porque da los pasos que da, hacia donde se dirige, y es por esa opacidad, por ese secreto, por lo que nos seduce más todavía, y leemos estas páginas embriagados por su aroma de niña camino de ser mujer, por el modo en que asume e investiga en el dolor, por su coquetería con lo más sórdido, y quizá más auténtico, que hay en nosotros mismos.
Voy a atreverme, con la osadía del que en el fondo no sabe nada, a hacer una clasificación de la humanidad. Están los que se hacen daño a sí mismos y los que se lo hacen a los demás. A los primeros acostumbramos a llamarles mujeres, a los segundos hombres.

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