La ciudad en invierno en El País, por Enrique Vila-Matas

Enrique Vila-Matas
El País
25 de marzo de 2007
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1
Me acuerdo del García Márquez de sus inicios y de unas líneas que modificaron discretamente mi concepción de la escritura, unas líneas que en su primerizo relato breve Isabel viendo llover en Macondo describían la aparición de un perseguidor en la niebla tropical, una persona invisible que sonreía en la oscuridad. Esa risa del perseguidor me quedó para siempre grabada en la memoria, la recuerdo muy bien. Recuerdo que, tras el largo diluvio que se desploma sobre Macondo durante una semana en la que las personas del pueblo quedan narcotizadas por la lluvia, el tiempo de pronto comienza a cambiar y escampa y se extiende un silencio, una tranquilidad, un estado tan perfecto como imaginamos que debe ser la muerte. En ese silencio misterioso y profundo se oye una voz clara y completamente viva. Luego un viento fresco sacude la hoja de la puerta, hace crujir la cerradura, y un cuerpo “sólido y momentáneo, como una fruta madura”, cae profundamente en la alberca del patio. Entonces llegan las frases que subrayé como un loco: “Algo en el aire denunciaba la presencia de una persona invisible que sonreía en la oscuridad”.

Y también recuerdo cómo el tiempo quedó suspendido -tal vez flotando en una niebla ardiente- la tarde en que me encontré con otro perseguidor en un texto en el que García Márquez, recordando sus días juveniles en París, hablaba del día en que sintió los pasos en la niebla de un hombre que creyó que era un perseguidor, y lo pensó así porque andaba muy escamado y había estado horas calentándose en el “vapor providencial de las parrillas del metro” eludiendo los policías que le golpeaban en cuanto le veían, pues le confundían con uno de los tantos argelinos a los que masacraban en aquellos días en París: “De pronto, al amanecer, se acabó el olor de coliflores hervidas, el Sena se detuvo, y yo era el único ser viviente entre la niebla luminosa de un martes de otoño en una ciudad desocupada. Entonces ocurrió: cuando atravesaba el puente de Saint-Michel, sentí los pasos de un hombre, vislumbré entre la niebla la chaqueta oscura, las manos en los bolsillos, el cabello acabado de peinar, y en el instante en el que nos cruzamos en el puente vi su rostro óseo y pálido por una fracción de segundo: iba llorando”.

Dos perseguidores: uno invisible en el trópico, sonriendo en la oscuridad; el otro, llorando en Europa, en la luz fugaz de un puente parisiense. A veces me parece que los dos, atrapados entre la risa y el llanto, son una misma persona, la misma que se encuentra uno cuando lee al García Márquez primerizo.

2
Comenzar es muy fácil. Pero lo malo viene después, cuando hay que seguir dando la talla. Al principio, uno comienza, llega, busca la protección de un grupo generacional y se come el mundo. Lo difícil viene después, cuando hay que seguir comiéndose el mundo. Lo más difícil es mantenerse, y ya no digamos acabar. Ödön Von Horváth solía decir: “La mayor alegría del mundo es comenzar”. Pero no pasará a la historia por esto, sino precisamente por su manera de acabar. Murió fulminado por un rayo en pleno Champs Élysées de París. Von Horváth fue un caso raro como escritor, porque supo comenzar y acabar.

3
“Al principio era la Palabra. Después la Palabra se volvió incomprensible” (David Foster Wallace, citado por Zadie Smith en un hotel de Liubliana).

4
En el último día de este invierno primaveral recibo inesperadamente en casa La ciudad en invierno (Caballo de Troya, marzo 2007), el título que me recomendara fervientemente ayer Lolita Bosch por teléfono. ¿Es una casualidad o ella ha actuado para que me lo enviaran? Sólo sé que hablé ayer con ella los minutos suficientes para felicitarla por sus artículos, por sus libros y por llamarse como se llamaba. “Suponiendo que te llames Lolita”, añadí, sin darme cuenta de que con eso estaba dando carta de ley a su apellido.

El invierno primaveral va quedando atrás, pero para sustituirlo llega este libro con el que ha debutado Elvira Navarro (Huelva, 1978), este libro lleno de invierno auténtico y de frío y de enfermedad moral: cuatro historias sobre Clara, un personaje esquivo y esquinado, al que no le faltan perseguidores, aunque ella también persigue mucho, y tal vez por esto se inicia en la vida chocando depravadamente con ella -con ella misma y con la vida- en medio de un paisaje de antiguos cauces crueles de ríos inútiles.

Se diría que a este excepcional debut literario lo cruza el fantasma de una idea fría, tan impasible como la iniciación torcida de Clara a la vida. ¿La vida? Elvira Navarro parece tener un don singular para mostrarnos el ángulo ofensivo de la misma. Como si ésta sólo hubiera sido inventada para los que no la viven como la vive la propia vida. En cuanto a la trama y su geografía iniciática, el libro parece emparentado con las obras de Fleur Jaeggy y de Simona Vinci y, como señala sagazmente su editor, trae el recuerdo de dos de los mejores relatos de terror de la literatura española de todos los tiempos: Mi hermana Elba, de Cristina Fernández Cubas, y Siempre hay un perro al acecho, de Ignacio Martínez de Pisón.

5
La ciudad en invierno tiene una estructura peculiar, como si Satie estuviera el piano: cuatro movimientos desobedientes que nos conducen -como si fuéramos el perseguidor del último relato- a la impresión de estar dando vueltas detrás de un desvarío tan implacable y subversivo como aterrador. De la mano de su pérfida protagonista, Elvira Navarro lo altera todo y desplaza la normalidad hacia una inédita boñiga general. Y en algunos momentos -como en el desenlace perfecto del segundo movimiento narrativo- se observa, además, que el talento literario es un don natural de esta autora, que ha escrito un primer libro tan clásico como feroz y admirablemente transgresor: la sutil, casi escondida, verdadera vanguardia de su generación.