La ciudad feliz en ABC.es, por Recaredo Veredas

Recaredo Veredas
ABC.es
9 de diciembre de 2009
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«Sin embargo yo no puedo explicar nada porque lo ignoro todo». Así termina «La ciudad feliz», segunda novela de Elvira Navarro. Pronunciadas por una lúcida voz, estas palabras definen a la perfección el tema sobre el que giran tanto esta obra como «La ciudad en invierno»: la perplejidad ante una sociedad incomprensible. Los protagonistas de Elvira Navarro intentan ajustarse a los códigos morales y legales que rigen nuestros comportamientos pero nunca terminan de conseguirlo. Parecen incapaces de pactar con la realidad, de asumir la incomprensión como algo lógico, inevitable e incluso imprescindible para una vida completa.
«La ciudad feliz» está dividida en dos partes, independientes y complementarias a un tiempo. Pueden leerse de forma separada pero su unión las redimensiona. Quedan vinculadas por el tiempo, el espacio y la peculiar relación que une a los dos jóvenes protagonistas de «Historia del restaurante chino La Ciudad Feliz» y «La orilla».

Navarro sigue a Chi-Huei y a Sara con una peculiar mezcla de cercanía y desapego. Consigue mostrar el placer que implica el atrevimiento y las consecuencias, a veces desastrosas, que puede provocar la temeridad. Chi-Huei siempre tiene, en palabras del narrador, «la sensación de encontrarse fuera de lugar. Tal vez su continuo preguntarse qué sentido tenía todo le producía una sensación de falta de sentido».

Sara, la adolescente, responde a la duda con la quiebra: «Nada es tan excitante como sentir que traspasamos el umbral de lo conocido, que somos capaces de ir de la mano con nuestro propio vértigo y la adrenalina en el estómago». El contraste entre esa indagación infatigable y nuestro conocimiento de las fronteras que van a limitarla confiere toda su fuerza a la novela, tanto en el ámbito de las peripecias como en el relativo al cuestionamiento que realiza el lector sobre su propia mirada. Bajo la mano siempre precisa de la autora, Sara y Chi-Huei, elaboran un mapa coherente de la inquietud.

Calidad de página
En «Historia del restaurante chino…» Navarro utiliza un narrador muy poco frecuente, una voz apoyada en Chi-Huei que reproduce con nitidez su mirada infantil aunque también sea capaz de alzarse, en apenas una página, hasta un registro aséptico, casi omnisciente, apto para narrar con frialdad periodística y para, lo que es más difícil, descender hasta el mundo de colores puros de un niño sin apenas despeinarse. Contrasta con la voz identificada de «La orilla», que parte de una adolescente desconcertada, aunque mucho más consciente de su propia identidad y cuya mirada, cimentada en un desdeñoso desgarro, complementa y colma los vacíos de la primera parte.

La calidad de página que se vislumbraba en “La ciudad en invierno” queda confirmada en esta obra. Una calidad cimentada en una escritura expresiva y carnal, nunca barroca, que emociona e inquieta desde territorios cercanos a la frialdad. Cuenta con descripciones precisas y de asombrosa limpieza, tanto de espacios como de personajes o sentimientos. Son virtudes difíciles de encontrar en la literatura española y que, en nuestro idioma, solo se hallan en los mejores autores iberoamericanos.
Una parte considerable del éxito de esta novela proviene de la claridad de sus intenciones y de cómo esos propósitos son definidos. Navarro es compleja pero no cae en el hermetismo y, sobre todo, no se desvía nunca de lo que quiere mostrar. Puede percibirse en la nítida división de capítulos, que adelantan con claridad su contenido. No tiene miedo de mostrar el esqueleto de su obra, que forma parte indisoluble de ésta, como ocurre en las obras de Bretch. Nos encontramos ante una novela necesaria, que emplaza frente a nuestros ojos, con indiscutible coraje, la incomprensión y la incomunicación que nos rodea.