La ciudad feliz en ABCD de las Artes y las Letras, por José María Pozuelo Yvancos

José María Pozuelo Yvancos
ABCD de las Artes y las Letras
26 de diciembre de 2009

INOCENCIA IMPOSIBLE

Mucho bien está haciendo el Premio Jaén de Novela, ganado el año pasado por Patricio Pron con El comienzo de la primaveray éste con la doble novela de Elvira Navarro La ciudad feliz, porque casi teníamos olvidado el hecho de que puedan emerger autores jóvenes, casi desconocidos, de calidad. Es para lo que los premios nacieron, aunque buena parte de ellos dejaron de cumplir hace tiempo con tal objetivo. De manera que bienvenida sea, en primer lugar, esta saludable forma de honestidad.

Elvira Navarro escribe con un aplomo y un dominio que harían pensar que tiene mucha mayor experiencia literaria, puesto que resulta una cualidad rara haber conseguido un tono narrativo tan amoldado a lo que quiere decir. Es terso sin ser frío, y profundo sin ser tostón. Como quien no quiere la cosa, esta novela doble lanza una ácida mirada a la sociedad actual y a la obligación que imponen los padres a los hijos de matar, con el aprendizaje obligado, su inocencia primera, ofreciendo una descarnada visión de pérdida. Pero ha logrado hacerlo sin sentimentalismo. ¿Cómo lo ha conseguido una escritora de treinta años? La respuesta nos obliga a volver al viejo asunto de la inspiración y el estilo, por recuperar un sintagma benetiano.

PAUTAS DE SUPERVIVENCIA. Explicaré en primer lugar el adjetivo “doble” dado a la novela. En realidad son dos, aunque, eso sí, vinculadas por algo más que la circunstancia  de que el personaje protagonista de cada una de ellas sea personaje secundario en la otra.

La primera, “Historia del restaurante chino La Ciudad Feliz”, narra un episodio de aclimatación de un niño inmigrante chino que es traído por su familia a una ciudad de la costa, donde abren un asadero de pollos medio cutre, y donde Chi-Huei aprende la dureza proverbial de las sociedades patriarcales. El abuelo y la madre, que han anulado al padre de Chi-Huei, han impuesto a los niños las pautas de una supervivencia anclada en la necesidad: de ahorrar, de crecer, de enriquecerse, para no caer en mafias. Una familia hecha una piña de la que Chi-Huei es un precipitado que mira su entorno -también la adusta economía sentimental de todos, y especialmente de su madre- con el asombroso desamparo de la necesidad. No hay lágrimas, no hay concesiones, hay mucho estilo contenido, mucho silencio. Elvira Navarro ha logrado lo mejor que un novelista puede hacer: que no le hagan falta más palabras, porque con las que hay dice mucho más.

MODELO DE BONDAD. Chi-Huei es del mismo barrio que Sara, la niña española protagonista de la novela que le sigue, que había aparecido en la historia de Chi-Huei en una memorable escena de erotismo contenido infantil y perverso a punto de explotar, sin hacerlo, que es donde está la gracia. Pero suponemos que un poco antes de tal escena, Sara protagoniza en lanouvelle titulada “La orilla” otro episodio de aprendizaje, que es del que trata esta segunda obra, en la que la niña proyecta asimismo el espejo de los adultos, sus padres protectores, una pareja estándar de burgueses, para quienes la presencia de un vagabundo, cuyo desvalimiento atrae la mirada de Sara, supone la quiebra del modelo de bondad, para iniciarse en la experiencia fundamental de la pérdida: nada es inocente, y lo que pasa es que la niña lo ignora todo.

Esa total ignoracia con la que la obra se cierra actúa como emblema de esta espléndida obra de Elvira Navarro, que de manera diferente asedia un tema literario tan fundamental  como el del tránsito hacia la adolescencia, el mismo que Musil hizo pasar al joven Törless o Salinger al Holden Caulfield de El guardián entre el centeno.

Elvira Navarro da una obra sólida, que tiene al extrañamiento, a la desafección, como gran motivo, y que ella ha sabido ofrecer desde el estilo, por la manera de narrarlo. Las cosas ocurren, pero lo importante aquí, en literatura siempre, es la mirada, gracias a la cual unos episodios pequeños contienen la totalidad de una edad, contemplada en ambas novelas a través de la de dos tipologías de familia -la oriental arcaica, patriarcal, y la moderna burguesa- obligadas a cercenar la inocencia.

Hay otra condición formidable: la voz narrativa elegida por Elvira Navarro en la primera novela es la tercera persona conperspectivización de personaje, y en la segunda es la primera persona; pero ambas se entienden igualmente necesarias para una experiencia literaria intensa, que les recomiendo.