La ciudad feliz en Acróbatas

Acróbatas
29 de enero de 2010
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“Un día voy caminando mientras aprieto en la mano el dinero que mi madre me ha dado para comprarme un bolsito de Hello Kitty en la tienda de la esquina. No soy capaz de recordar si ese día es otoño o invierno, ni tampoco mi edad exacta. Lo que sí recuerdo es el color de las calles, de un gris radiante, y también el del cielo, tan habitualmente nublado y portentoso, como si estuviera a punto de descargar sobre la ciudad algún misterio lejano. El trazado del barrio donde vivo es ordenado y viejo, con manzanas de edificios que no son demasiado altos, con portales de hierro pesados para mis escasas fuerzas de niña, que aumentan la sensación de frío en invierno y de calor en verano, la leve inquietud que se apodera de mi cuerpo al atardecer, cuando todo comienza  a quedarse desierto, y algo extraño hace su aparición en la noche. El mundo entonces es oscuro e inmenso”.

Así empieza la segunda parte de “La ciudad feliz“, de Elvira Navarro.

Supongo que todos, al recordar nuestra infancia (o adolescencia), recordamos un barrio, un pueblo, una ciudad entera, en la que podríamos dibujar toda esa infancia. Yo, por ejemplo, vivía en un barrio (llamado “conflictivo”) de Sant Boi de Llobregat, un barrio que ahora recuerdo como el mejor barrio en el que podría haber vivido nunca (supongo que por el paso del tiempo, que lo cubre todo de cierta melancolía), aunque a mis amigos les daba un poco de “miedo” venir a casa. Existían fronteras, esas de las que habla Elvira en su libro, esas que cada día se empeñaba en marcar mi madre cuando salía a la ventana y no me veía en la plazoleta que tenía justo en frente de casa. Más allá del Fotoclub o de la Milagros no se podía explorar. Si quería ir, por ejemplo, a casa de Cristian, tenía que pedir permiso… e intentar ir al centro del pueblo para ver a mis amigos del colegio era toda una aventura que tenía que preparar con antelación.

Leer el libro de Elvira Navarro me ha llevado a todos esos rincones de mi barrio. Ella nos cuenta dos historias completamente distintas en “La ciudad feliz”. Pero mucho más allá de esas dos historias, he escuchado el ritmo de esa ciudad, la respiración de las personas con las que se van cruzando los personajes, los ruidos de café con leche y las patatas fritas que comparten en el bar, la luz ámbar que parpadea en un semáforo, la sensación de protección tras la ventana de casa… Me gusta leer historias que se puedan tocar con los sentidos.

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