La ciudad feliz en Babelia, por Ana Rodríguez Fischer

Ana Rodríguez Fischer
Babelia
6 de febrero de 2010

Si el lector conoce La ciudad en invierno (2007), primera novela  -más bien nouvelle– de Elvira Navarro (Huelva, 1978), sabe de la sutil precisión con que la escritora sabe abrir y explorar la pluralidad de sensaciones y vivencias que se amontonan o suceden en el mundo interior de una niña camino de la adolescencia. Ahora, en La ciudad feliz, Elvira Navarro avanza con firmeza por esa misma senda, que ahonda, alarga y ensancha considerablemente. La novela viene a ser un díptico que narra dos historias de aprendizaje o crecimiento -las de Chi-Huei y Sara-, con sus dos correlaciones y simetrías y también con sus contrastes, pues ambos personajes comparten barrio y plazuela y pandilla, y sus historias se complementan e iluminan mutuamente. Pero si el proceso de confrontación y desidentificación de él -narrado en tercera persona- se abre más hacia el orbe exterior, el de ella -anclado en la primera persona- se va aislando más del entorno para hacerse más íntimo. La primera historia de La ciudad feliz cuenta la llegada a España de Chi-Huei, un niño de seis años a quien su familia había dejado en su aldea china a cargo de una vieja tía mientras ellos se instalaban aquí y ponían en marcha un rudimentario negocio. El rechazo y la extrañeza se instalan en el alma del niño, y a ellos se sumarán la vergüenza, la decepción, el descubrimiento de la mentira y de la fealdad, más una invencible repugnancia al averiguar que el frenético y crispado trabajo de su familia es “un medio para otra cosa que nunca llegaba”: un insaciable ansiar que revela la medida de su vacío. Esta doble y feroz disección -del alma propia y de la ajena- rige también la segunda historia, la de una niña que evoca el momento en que transgrede los límites de su mundo y se encuentra con la mirada de un joven vagabundo en el que descubre a un tiempo el horror y la fascinación. Es prodigioso el modo en que narra esta aproximación, escueto y tenso y a la par sugerente. Sara descubrirá que la inocencia puede ser fruto de un “no querer”. Y puede ser permanente, y no sólo una fase transitoria de la vida: esa en la que ella está: la del “no saber”. Elvira Navarro encabeza cada una de las partes de La ciudad feliz con sendas citas de Georges Perec. Ciertamente, en su novela el espacio, además de realidad material o física, es también una configuración abstracta en la que cabe el tiempo. Y cuando la novela discurre por este cauce es cuando crece de verdad, alcanzando resonancias jamesianas en todo lo que tiene que ver con el finísimo análisis de las conductas y ese pugilismo que se va desarrollando soterradamente  hasta estallar.

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