La ciudad feliz en Cuentos de barro, por Antonio Báez

Antonio Báez
Cuentos de barro
24 de noviembre de 2009
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La ciudad feliz está compuesta por dos novelas cortas en principio independientes, dos historias tituladas “Historia del restaurante chino Ciudad Feliz” y “La orilla”, que más allá de un delgado hilo en el que el personaje central de la primera aparece mencionado en la segunda, comparten esa mirada inocente que se empieza a contaminar con el descubrimiento de que el mundo tiene una cara sórdida.
La primera novelita cuenta en tercera persona la lucha de Chi-Huei y su familia por salir adelante en España, desde un asador de pollos-restaurante chino, donde la disciplina, el trabajo y el sacrificio le imponen al niño unas condiciones especiales que van a determinar su carácter. En realidad la familia sólo tiene un discreto barniz chino. Podría haber sido ucraniana y nada sustancial hubiese cambiado, o una de esas familias españolas de hace treinta años en un naciente barrio obrero. La cita introductoria de Georges Perec dice: “Contra la memoria nos queda el olvido”. La mirada del niño descubre la crueldad del mundo al que la familia, en especial la madre y el abuelo, quieren pertenecer por medio de un negocio propio, alejado de las mafias, pero también la del mundo que queda atrás, en China, a través de la figura deshecha del padre. La necesidad de dinero, el ahorro y la miseria emocional que conlleva la precariedad material son el marco que limita las relaciones familiares: necesidad, amargura, odio y desprecio, sobre los que Chi-Huei, a través de la voluntad, habrá de construirse.

A mi parecer está mucho más lograda la segunda, introducida por la siguiente cita de Georges Perec: “Contra el olvido nos queda la memoria”. En ella se nos cuenta la relación de una niña, o preadolescente, todavía en Primaria, con un vagabundo por el que empieza a sentir fijación, desde que descubre que él la acecha. Lejos de todos los elementos morbosos que podríamos imaginar, se trata de la puerta que le sirve a la niña para dejar atrás la infancia. La inquietud no se circunscribe a los manidos clichés de asedio sexual, ya que la curiosidad de ambos sobrepasa la ruindad típica de esos límites. El mundo que hay frente al jardín de infancia puede ser duro y sucio, pero mucho más interesante que los algodones con los que papá y mamá nos quisieron empaquetar la existencia. Vida de barrio en la ciudad, un bar, el transporte escolar, las clases, una academia de dibujo, todo es ruido de fondo para el cortejo existencialista de dos seres que están solos y lo seguirán estando después de todo. Un final excelente, a la altura de todo el desarrollo de la historia. La intervención bienintencionada de los padres no hace si no descubrir, dejar en evidencia la gran cicatriz personal y social de quien está dispuesta a crecer, la traición que supone seguir adelante, el dolor íntimo que desde entonces anidará dentro de la niña. “La orilla” está contada con sencillez y eficacia en primera persona, su confidencialidad es discreta y evita todo vago sentimentalismo.

A Elvira Navarro la entrevistamos desde este blog sobre su anterior obra La ciudad en inviernoAquí.