La ciudad feliz en Mercurio, por Santos Sanz Villanueva

Santos Sanz Villanueva
Mercurio
2010
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RETRATOS DE INTERIORES

Dos nouvelles casi independientes componen La ciudad feliz: “Historia del restaurante chino Ciudad Feliz” y “La orilla”. La relación amistosa entre tres personajes infantiles sirve a Elvira Navarro como leve vínculo que proporciona una mínima unidad anecdótica y le permite presentarlas como novela. Otro nexo más profundo, además, facilita esa asociación, el tratamiento de un asunto parecido, la vivencia aguda de la soledad, la cual se muestra en ambos casos en una misma etapa biográfica, la edad en que se descubre el mundo.

En este planteamiento perspectivista se apoya la joven escritora onubense para levantar una fábula de maduración a través de un motivo duplicado, el aislamiento de una persona sensible en una sociedad hostil o extraña. En la primera pieza, cuyo escenario principal se localiza en un asador de pollos chino, se refiere a un niño emigrado a España. En la otra, habla de una niña ensimismada que establece una relación ideal, prohibida por el suspicaz mundo adulto, con un vagabundo.

Las dos historias iniciáticas se plantean con una calculada mezcla de irrealismo y concreción. Ambas tienen un marco evanescente, una innominada ciudad, y tienden a la elusión de la noticia verista (ciudades mencionadas nada más como “B”, “Y” o “L”, o una calle rotulada “B”), pero también aparecen datos costumbristas (un bolso Hello Kitty o Mercadona). Juega de este modo Navarro con una tensión entre lo genérico y lo testimonial que evita los extremos de la abstracción y la crónica directa. La consecuencia son retratos de interiores dotados de un mínimo de concreción espacio temporal que sumerge las historias en una atmósfera actual o las sitúa en un contexto colectivo. De hecho, aunque en segundo plano, casi como un paisaje, existe una alerta social. Ésta aparece en la sacrificada vida de los emigrantes orientales en España y en las incomprensiones entre jóvenes y adultos por una diferencia de mentalidad que no es solo biológica.

El buceo intimista constituye, sin embargo, la meta casi excluyente de Navarro. También aquí se diferencian las dos historias por su tratamiento. Una tercera persona limitada por el punto de vista cercano a los sentimientos del chico protagonista cuenta la peripecia de la familia china. Esto da intensidad a las vivencias y les concede un tono auténtico. El estilo directo matizado con algunas imágenes resulta muy eficaz para esa querida densidad emocional y aporta un matiz logrado a su fondo psicologista convencional, oportuno para penetrar en los retorcimientos morales de los adultos. Algo estropean esa comunicabilidad el abuso de una forma de nuestra lengua tan peligrosa por su imprecisión como el posesivo de tercera persona y algún descuido (el abuelo chino utiliza “chapurrear”; unos coches aparcados están “sumidos en el abandono”). La primera persona de “La orilla”, de frase sencilla y directa, comunica bien el intenso desvalimiento de la chica.

En general, Navarro logra plasticidad emotiva y penetración psicológica al presentar esas amargas aproximaciones al desvalimiento y el dolor con el acento ético de los escritores morales. Sobre todo por lo que sugiere sin explicitarlo: la situación de la persona en un mundo duro y egoísta. Son pasos iniciales de una voz prometedora. En una entrevista reciente ha dicho la autora que “La narrativa española consolidada es hoy bastante mediocre”. Aunque lo fuera, el nivel logrado en su novela no avala tal engreimiento. No está mal su libro, y merece la pena seguir con atención los que vengan, pero ya se daría con un canto en los dientes si alcanzara esa altura “mediocre”.