La ciudad feliz en Público, por Peio H. Riaño

Peio H. Riaño
Público
23 de noviembre de 2009
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FELICES EN UN PARAÍSO DESOLADO

El dolor seco parece que duele más y la escritura sobria que tiene más recorrido. Elvira Navarro (Huelva, 1978) firmó la vida de Clara hace dos años en La ciudad en invierno (Caballo de Troya), donde repasaba el choque de la adolescente con la vida sin retórica. Ahora, en La ciudad feliz (Mondadori) insiste en la edad de sus personajes, porque de hecho su primera novela sale de buscar esta, premiada con el XXV Premio Jaén de Novela.

Los dos libros de la autora son experiencias pulidas y severas, disfrazadas de vidas expuestas a la tortura de un sistema inflexible con el recorte de las libertades del individuo a punto de abandonar la edad de la inocencia.

A pesar de todo, a Elvira Navarro no le gustaría que se le clasificase como autora de saga, aunque sí de declaradas intenciones. “Me interesa pensar el capitalismo desde dentro, desde el estómago, desde la educación sentimental, desde nuestro amor mismo. Normalmente se hace desde fuera. Yo no quiero hablar de empresas, yo quiero ver la obsesión y la obligación de no dejar de producir desde el interior de la familia”, explica al hablar de la primera parte de La ciudad feliz, en la que se ha colado en la casa de una familia china inmigrante en España.

El ejercicio de Navarro pasa al borde de la crónica, del documento, del reportaje, pero el relato de la familia china del protagonista Chi-Huei es lo suficientemente austero como para evitar sabiamente el drama que lo hubiese acercado a cualquier género distinto a la novela corta. De hecho, la autora no investigó para conocer la vida de la comunidad más secreta de todas las que comparten calle en este país. “No son más que recuerdos de mi infancia. Había un niño chino en nuestra pandilla, el hijo de los dueños del restaurante chino del barrio donde vivíamos. En realidad, tiene que ver más con una historia personal propia que con la de ningún chino. Los sentimientos de la novela son míos, aunque compartimos entre todos la obsesión por el trabajo, el futuro, el dinero”, cuenta.

Así que ha escapado de las grandes palabras, los juegos artificiales y se ha escondido en la piel asiática de una familia que no para de trabajar en un comercio de pollos asados y arroz. Elvira Navarro también ha huido de la autobiografía y de la primera persona en la primera parte del libro, porque “quería ser muy bestia y si hubiera dado voz a una familia española no habría podido serlo”. Piensa que de esa manera habría conseguido una novela realista, al borde del costumbrismo y no es lo que buscaba. Y a pesar de que las cadencias laborales y obsesiones sean casi las mismas, cree que el inmigrante chino supera a cualquiera en todo.

La segunda parte del libro es en primera persona y el protagonista es una adolescente, que busca acomodar sus libertades en un mundo sujeto a demasiados convencionalismos. Podrían funcionar como dos novelas cortas, pero están estrechamente ligadas por el juego de la ficción. “Tengo la sensación de que cuando escribo no elijo. Hay una situación que me atrapa y de ahí sale todo. No me gusta construir escenarios porque pierdo la espontaneidad. Así que el inconsciente trabaja por nosotros”, reconoce Elvira, para quien la historia manda.