La trabajadora en Área esquizoide, por Pedro Garrido

Ciertos libros dejan un poso tras su lectura que hay que dejar macerar para poder después valorarlos con una mirada más excéntrica, más apartada de su núcleo, y con la perspectiva de que nos dota el tiempo. Esa es la sensación que he tenido tras la lectura de La trabajadora, de Elvira Navarro, una novela que en principio no me terminó de convencer y a la que, a medida que han pasado los días, he ido encontrando más y más virtudes.

La trabajadora narra la vida de dos mujeres, Elisa y Susana, ambas con problemas psicológicos, ambas medicadas, cuyas vidas son muy distintas, aunque quizá solo en apariencia. Elisa trabaja para una editorial después de haber hecho un máster de edición. La empresa ha convertido a los que antes eran empleados en trabajadores externos, que malviven entre la presión por entregar las correcciones que les solicitan y la ansiedad que les generan los retrasos de los pagos por esos trabajos. De Susana sabemos menos cosas. Es mayor que Elisa, quizá trabaja en una empresa que da servicio por teléfono, y tiene ciertas aspiraciones artísticas, si bien no parece muy dotada para ello. Vivió durante unos años en Holanda y allí tuvo un novio, pero en cuanto vuelve a España la relación se rompe. Elisa y Susana conviven con cierta cautela, pues desconfían la una de la otra, no sabemos si por los problemas psicológicos de cada una, o porque la realidad ha inoculado en ellas una desconfianza permanente por todo aquello que no es el yo.

La causa por la que la primera lectura de La trabajadora no me convenció se debe a su arranque, que es fantástico. Y aunque me prometí no escribir una de las primeras frases de la novela, no puedo reprimirme:

«Mi deseo se cifraba en que alguien me lamiera el coño con la regla en un día de luna llena.»

Con semejante arranque las expectativas se disparan. Y no decepciona. Las primeras cuarenta y una páginas (la primera parte de la novela) son páginas para recordar cómo se debe escribir. En ellas Elisa transcribe (nunca podemos decir que literalmente pues, ¿cuándo podrá el lector fiarse de un narrador que se medica?) los encuentros de Susana con ciertos hombres y, en especial, con Fabio, un enano homosexual que hará retorcerse de placer a Susana.

Regresar a otro punto de partida tras esa primera parte es casi imposible. Y, claro, la narración debe resentirse, al menos en lo que respecta a su espectacularidad. Entonces la trama se vuelve más confusa, no sabemos si Elisa sueña o vive, pues en ocasiones parece comportarse como un zombi. Sus caminatas por los alrededores de Aluche y Carabanchel son tránsitos al azar, como los del protagonista de Un hombre que duerme, y remiten a un cierto aire existencialista que podría acabar perfectamente en la náusea, en ese descreimiento de una sociedad de la que Elisa se siente desplazada («Desde allí todo cabía en la palma de mi mano, extendida hacia un aire ilusorio.»). La realidad de la crisis se impone, y la soledad de Elisa y Susana en la ciudad parece inevitable. Se vigilan la una a la otra pero nunca se deciden a apoyarse mutuamente, como si eso fuese una rendición, un fracaso del individuo frente a la colectividad. Además Elisa tiene sus propios monstruos, que aparecerán de vez en cuando, personificados en la figura de unos gitanos. En determinados momentos el lector puede llegar a pensar que Elisa y Susana son dos caras de una moneda que los fármacos se encargan de voltear.

Hay parajes en la novela que me resultan muy cercanos, y ese es uno de los motivos de haber leído esta novela durante ciertas páginas como ese «lector adolescente» del que abomina Constantino Bértolo. La recreación del sur de Madrid es de lo mejor de la novela. Esas zonas olvidadas en las novelas convencionales ―que tienden a situar a sus personajes en el centro de las grandes urbes― son las que toman aquí protagonismo, quizá tanto que el paisaje se convierte en uno de los personajes principales de la narración. No es casualidad que Susana pinte mapas de Madrid y los exponga en un bar. Y cómo me ha sorprendido ver aparecer a ese tipo alto de pelo blanco con su mujer asiática en la silla de ruedas a los que cualquiera que se haya acercado a una conferencia en Madrid ha visto alguna vez. El hecho de que la realidad se imbrique de ese modo con la ficción es un acierto mayúsculo de Elvira Navarro, pues convierte en tangible la trama, la acerca al lector hasta hacerle padecer la desafección de Elisa por lo que la rodea.

A estas alturas, hablar de la prosa de Elvira Navarro es ya reiterativo. Escribe con una claridad absoluta, con un dominio fascinante de los recursos narrativos (cómo odio decir eso de que parece una cirujana, pero no puedo evitarlo). Tal vez lo único que me ha resultado un tanto forzado es la aparición final del personaje masculino, Germán, que no parece procedente, si bien la última parte de la novela, en la que Elisa habla con su psicólogo, quizá despeje algunas dudas al lector astuto.

No me resisto a comparar esta obra con Democracia, de Pablo Gutiérrez, pues ambas son visiones de autores jóvenes acerca de la crisis. Si en Pablo Gutiérrez esa visión es más explícita y trata de resolverse (aunque no se consiga) desde una reclusión en el arte, en La trabajadora se omite esa posibilidad, aunque al final se deja la puerta abierta a una salvación individual a través de la escritura de la novela de Elisa. Ambos autores utilizan estilos diferentes pero sus visiones no distan mucho, si bien en Pablo Gutiérrez esa visión se expresa de un modo un tanto más espectacular, mientras que en Elvira Navarro lo hace de un modo más distante y más sereno. Ambos, por cierto, reflexionan acerca de la enfermedad mental y cómo la sociedad conduce a ella para después estigmatizarla.

No se encuentran en la actualidad obras de la calidad literaria y de la profundidad que muestra Elvira Navarro en esta novela. Leerla solo puede deparar una conciencia un poco más íntima de nuestro tiempo.

Link: https://areaesquizoide.wordpress.com/2014/02/12/la-trabajadora-de-elvira-navarro-la-soledad-como-reflejo-de-la-crisis/

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