La trabajadora en el Heraldo de Aragón, por Juan Marqués

Conozco bien la antipatía o por lo menos la desconfianza que la llamada “autoficción” despertaba hace unos años en Elvira Navarro, y sin embargo algo de ese juego especular, tan de moda por aquí desde hace un par de décadas, respira en la estupenda novela que acaba de publicar. La chica que aparece en la cubierta no es ella pero se le parece mucho, y creo que algo muy semejante se podría decir de su protagonista, Elisa Núñez, que cuando menos comparte iniciales con su creadora y que nada más comenzar su relato aplaude a su interlocutora Susana esa “libertad que ella se daba para construirse” (p. 14). Además, me gusta pensar que con el título también hace referencia a sí misma, pues a pocas personas he conocido más hacendosas, constantes y perfeccionistas que ella, que alguna vez se autodefinió como “una hormiguita”.
Entre 2005 y 2008 Elvira Navarro y yo compartimos tiempo de beca en la Residencia de Estudiantes. Cuando yo salía de la habitación 335 veía la fachada sur del otro pabellón gemelo, y allá abajo, en la habitación 427, el tenaz resplandor rectangular de la pantalla de su ordenador, siempre activo, caviloso, interrogante. Un día ella bajó a la cena de un humor especialmente luminoso, espectacularmente contenta, y al final pudimos enterarnos de la razón de esa contagiosa sonrisa de niña traviesa: aquella tarde había borrado todo lo que había añadido durante muchos meses a su nueva novela. Consideraba que aquella mutilación drástica era un paso adelante, tiempo ganado, y todos lo celebramos con ella.
Aquella desasosegante narración se publicó en Mondadori en noviembre de 2009 bajo el título de La ciudad feliz, y con ella confirmó ese extrañísimo talento narrativo que ya había exhibido en su debut, La ciudad en invierno (Caballo de Troya, 2007). Y a ese díptico, radicalmente urbano desde sus mismos títulos, se acaba de unir La trabajadora, tan descarnada, incisiva y cruda como las anteriores, pero escrita en todo momento con una prosa todavía superior, hipnótica, que, a pesar de cierto antipreciosismo muy cuidado y consciente, acaba siendo más armónica o incluso poética que la de novelas más plácidas, menos duras, más complacientes con el lector. El largo monólogo con el que se abre la novela es narrativamente sublime, así como el improvisado y sorprendente discurso de la jefa de Elisa (pp. 105-112).
Si los anteriores títulos transcurrían en Valencia, donde Elvira Navarro, nacida en Huelva en 1978, pasó muchos años de infancia, adolescencia y juventud, esta de hoy se traslada a un Madrid más estimulante que hospitalario, tan inquieto como amenazante, tan crepuscular como, a su manera, esperanzador, pero sobre todo una ciudad inmejorable (e inagotable) para deambular tardes enteras. Es estupendo acompañar a la protagonista en esos largos paseos nocturnos que da por el sur de la ciudad, una periferia de escombros habitada por fantasmas que contrasta con un centro de cartón-piedra superpoblado de zombis. Sus caminatas son algo distraídas, pero jamás la distracción habrá sido tan penetrante.
Ese andar errático, en efecto, va dejando pistas misteriosas sobre nuestros días, que es el objetivo casi explícito de la novela, y en mi opinión contribuye a ello al menos tanto como los episodios laborales, y tal vez todavía más que la personalidad de Susana, limítrofe con una locura que también dice algo de todos nosotros (la novela, dice la contracubierta, “indaga en la patología mental sin desligarla del contexto social en el que se produce”, y leyéndola “surge la inevitable cuestión de si en un escenario como el actual, donde los proyectos comunes parecen haberse desvanecido, es posible vivir fuera de lo patológico”). No sabemos muy bien qué busca Elisa con esas excursiones, pero intuimos que esa investigación un tanto alucinante por los contornos de la ciudad dice mucho sobre el corazón enfermo de este tiempo, sobre sus tejidos.
Si hasta hace muy pocos años nos bombardeaban con la absurda monserga de la “crisis de la novela”, ahora se habla mucho más de “la novela de la crisis”. Entre las que cabría alistar bajo esa etiqueta, no le leído ninguna mejor que ésta.

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