La trabajadora en Estado Crítico, por Daniel Ruiz García

Los ángulos muertos

25/02/2014

La trabajadora, de Elvira Navarro, te deja un regusto desasosegante. Es una novela que apuesta premeditadamente por el extrañamiento, por la profundización en los ángulos muertos de la realidad. La historia está contada con sutileza, con una materialización aparentemente sencilla pero a la vez llena de agujeros sinuosos. Escribir como quien filtra la realidad a través de un cedazo.

La novela cuenta una historia que, si atendemos únicamente a la trama, puede resultar simple, básica, incluso algo ya trillada por géneros manidos como el ‘thriller’: acuciada por la falta de dinero, una trabajadora ‘freelance’ que ejerce de correctora para un grupo editorial decide alquilar una de sus habitaciones del piso en el que asimismo vive de alquiler, en el extrarradio de Madrid. Elisa, la protagonista, conoce así a Susana, una joven bastante desequilibrada, que esconde secretos y con la que la convivencia está llena de altibajos debido a su comportamiento errático y titubeante. Esta historia, en las manos de Elvira Navarro, se convierte en una narración nada típica, conducida en todo momento por cierta sensación agobiante, donde importa siempre más lo que no se cuenta que lo que sí. La amenaza late, y sin que el lector se dé cuenta explícitamente, sin grandes ruidos ni ceremonias, como los comensales de El ángel exterminador de Buñuel, Elisa se ve atrapada por un cerco psicológico del que no puede salir. La precariedad laboral en la que vive sumida y el miedo al abismo, cobran en cierto modo cuerpo a través del rechazo hacia la compañera de piso, de manera que cuerda y loca intercambian los papeles y el lector acaba sintiendo rechazo por la narradora y simpatía por la que en principio se nos presentó como la desequilibrada. Al final, uno no sabe quién está más loca, y por momentos los desvelos de Elisa –narrados con una distancia sobria, elegante- nos hacen recordar a la Carol Ledoux de Repulsión, la desquiciante película de Polanski. También a la protagonista de Al salir del infierno, la novela de Franklin Bardin, de manera que a la vez sentimos comprensión por el desequilibrio, ya que la realidad se convierte en un lugar desasosegante y plagado de amenazas latentes (a este respecto hay símbolos especialmente sugerentes, como la camioneta de los gitanos que rebuscan en las basuras y con la que Elisa se encuentra en repetidas ocasiones).

El empeoramiento de las circunstancias laborales de Elisa y la complicada relación con su compañera de piso Susana constituye el ‘corpus’ central y el eje argumental de la novela, pero esta historia cuenta con lo que me atrevería a señalar como incrustaciones argumentales: narraciones independientes o integradas en la trama principal que funcionan de forma autónoma. Es el caso del primer capítulo del libro, que podría funcionar como una ‘nouvelle’, y en la que Elvira Navarro se descuelga con un registro muy distinto, expresivo, feísta, casi diría barroco, que a nuestro juicio merecía mayor desarrollo o incluso un desarrollo autónomo más extenso, como una obra independiente, donde se cuenta, de manera muy original, a través de una especie de monólogo comentado, la relación de Susana con un enano. Y es el caso también de la peripecia de la jefa de Elisa, la directora de la editorial, un personaje que constituye un prodigio de eficacia descriptiva, ya que a pesar de que se despacha en pocas páginas es uno de los personajes más solventes y recios del libro.

Un aspecto adicional a destacar en el libro es la reflexión sobre la relación entre el individuo y el urbanismo. En la línea de su interesante blog Periferia, cuya visita recomiendo (a pesar de que en los últimos tiempos racanea los posts), Elvira Navarro establece interesantes conexiones entre el paisaje urbano/habitable y el ciudadano, en este caso la ciudadana Elisa, conexiones de naturaleza psicológica que convierten a la periferia en la que habita en algo no externo al personaje, sino diría que incluso orgánico, como algo que forma parte de su personalidad confundida y que incluso evoluciona con ella a lo largo del libro.

No es un ‘thriller’, tampoco es una novela costumbrista, ni siquiera una novela social. Es todo eso y nada de eso: es una novela de Elvira Navarro. Zarandea, pero sobre todo inquieta, porque tiene una forma de decir sin decir que parece más dirigida a los pliegues de la conciencia, a los ángulos muertos de nuestra percepción de la realidad.

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