La trabajadora en Micro-revista, por Recaredo Veredas

Para una inmensa mayoría el trabajo ha dejado de ser una bendición y se ha convertido en un suplicio, que esclaviza tanto a quien lo sufre como a quien no lo tiene. Esta paradoja causa patologías físicas y mentales, aprovechadas con su astucia habitual por el mercado. Tales enfermedades, sus motivos y consecuencias están muy poco reflejadas en nuestra narrativa. Solo por ello poseería valor el tercer libro de Elvira Navarro y el primero que puede considerarse una auténtica novela. Está dividido en tres partes nítidamente separadas, cuyos dos primeros segmentos pueden leerse de manera independiente. Sin embargo su lectura conjunta –por eso es una auténtica novela- resulta complementaria, incluso imprescindible para una valoración adecuada.

En la primera la protagonista y narradora transcribe, con oportunas notas, la insana conducta sexual de su compañera de piso. Su desvarío es reflejo de una sociedad que ha perdido sus referentes y convierte a sus miembros menos agraciados en carne de webs de contactos y parafilias. En la segunda describe, con una verdad que solo puede provenir del conocimiento, el barrio adonde la precariedad la ha destinado, recorrido a pie con perseverancia. Esta descripción incluye elementos amenazantes, como las ruinas de la cárcel de Carabanchel y ese camión de recogedores de cartón que periódica y aleatoriamente la intimida. Posiblemente estos paseos sean lo mejor de la novela, ya que su oscuridad es claro correlato de la caída en la ansiedad de la protagonista. Pero Elvira Navarro no se limita a una más o menos sociológica descripción espacial, también entra con precisión absoluta en la conciencia de la protagonista mediante la narración de una espiral que termina, sino la locura, sí en un importante desequilibrio. No es una novela didáctica, no explicita, ni hace falta, que una de las causas fundamentales de los ataques de pánico es la precariedad laboral a la que se ve obligada una profesional sobradamente preparada. Una precariedad que no solo afecta a los precarios, también a quienes la ejecutan: resulta muy interesante la intervención de ese notable secundario que es su jefa, Carmentxu, que deambula entre la insolidaridad y la caída en la trituradora que ella misma ha contribuido a crear. La tercera y breve parte contiene una conversación con el terapeuta de la narradora, un diálogo muy inquietante, que deja un sabor agrio, abierto pero ajeno a la esperanza.

Elvira Navarro ha creado una voz en primera persona consciente de su patología pero incapaz de controlarla, una voz muy difícil de manejar por el peligro de la sobrexposición. Sin aparente esfuerzo consigue huir de la obviedad y empatizar con todos –somos millones- los que alguna vez hemos sufrido ansiedad. También está notablemente construida la historia, la sucesión de peripecias que arrastra al lector, que consigue que sigamos leyendo página tras página. Por momentos la presencia de la inquilina es tan terrorífica que parece que sus irritantes collages pueden convertirse en cuchillos.

La trabajadora consolida a Elvira Navarro como una voz imprescindible (término muy manido pero aquí justificado porque la autora mira hacia lugares tan comunes para los ciudadanos como poco transitados por los intelectuales) que retrata nuestros tiempos sin caer en la moralina, sin apartarse ante lo más doloroso y sin deleitarse en efectismos. Además posee una prosa que no ha hecho más que mejorar desde su primera obra, La ciudad en invierno, dotada de estilo, de reflexión y de acción y, también –y aquí se encuentra uno de sus mayores progresos- de un ritmo perfecto.

Link: http://www.microrevista.com/la-trabajadora/

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