La trabajadora en Mundo obrero, por David Becerra Mayor

Las enfermedades psíquicas que el capitalismo provoca
23/04/2014

Decía Juan Carlos Rodríguez, en su libro Literatura, moda y erotismo: el deseo (I&CILE, 2003), que «tal vez habría que preocuparse no sólo por las enfermedades físicas del capitalismo sino también por las enfermedades psíquicas que provoca». La trabajadora de Elvira Navarro recoge la proposición del profesor de la Universidad de Granada y sitúa el foco de su trama en las enfermedades psíquicas de un sujeto propio del capitalismo avanzado, descentrado e inestable, que experimenta la dificultad de vivir y sobrevivir con dignidad en un mercado laboral cada vez más precarizado.

La novela está protagonizada por dos mujeres, Elisa y Susana, que se ven obligadas a compartir piso, en un periférico barrio de Madrid, cuando las dos han alcanzado la madurez vital y profesional, y han superado aquellos tiempos de juventud en los que el relato dominante les prometía que con una alta formación académica podrían optar a un trabajo estable y bien remunerado que, a su vez, les permitiría ser independientes y vivir cierta holgura. Pero no: tras la Universidad, los másters y las estancias en el extranjero, no está el paraíso, más bien el infierno de las prácticas no remuneradas y los contratos temporales que se encadenan ad infinitum. Elisa, la protagonista, descubre el lado oculto de la ideología de la flexibilidad laboral, que se traduce en un trabajo mal remunerado y ocupando puestos de trabajo que en ocasiones requieren menos formación que la que el trabajador ostenta. En La trabajadora sus protagonistas son las víctimas de las nuevas relaciones de explotación capitalistas: Elisa es una novelista sin éxito que trabaja, como freelance, de correctora en una editorial que ha externalizado gran parte de sus funciones y que subcontrata, para su realización, a colaboradores externos, más baratos; y Susana, un personaje extraño sin pasado, de quien sabemos que, a pesar de sus aptitudes artísticas, trabaja de teleoperadora en un call center.

La trabajadora de Elvira Navarro podría leerse como una novela que pone en escena la frustración que sufre la llamada «generación mejor formada de la Historia de España» cuando, en plena crisis, descubre de pronto que sus expectativas de vida y de trabajo se desmoronan ante sus ojos. Su burbuja se pincha y en vez de encontrar puestos de trabajo bien pagados, acordes con su formación, no hallan más horizonte que el de la precariedad. Y, en consecuencia, forman parte de la primera generación que vive peor que la de sus padres, contraviniendo la denominada «ley del progreso», como si de una anomalía se tratara. Pero no se trata de anomalía alguna, sino de la normalidad en el capitalismo; lo anómalo era que, en los tiempos del excedente, los hijos de la clase trabajadora pudieran tener acceso a estudios universitario. Los tiempos del excedente han terminado y volvemos a la normalidad capitalista, y cada cual a su sitio.

Con la crisis, desaparece la llamada «clase media» –la gran mistificación que alumbró el ocaso de la lucha de clases y sentó las bases de la denominada «paz social»– y los trabajadores cualificados no pueden sino sufrir un efecto de proletarización, descubriendo como propio lo que creían que era un mal ajeno. Ante esta situación hay dos salidas: elevar –en sentido gramsciano– la conciencia y participar en una acción colectiva revolucionaria, o sufrir algún tipo de patología mental, como le sucede a la protagonista de La trabajadora.

Porque es muy difícil, parece decirnos la novela, emprender una acción colectiva cuando no somos sino un «Coro de Personas Solas». El capitalismo ha destruido el nosotros y, en esta situación de aislamiento individual, donde el sentimiento solidario es desplazado por el sentir solitario, el conflicto se interpreta como asimismo individual: Elisa es incapaz de aprovechar el tiempo de trabajo y en consecuencia no alcanza los objetivos de productividad programados por la empresa que la subcontrata, y le acecha un sentimiento de frustración, de culpabilidad y de fracaso. No interpreta su situación como un efecto del sistema, sino como una incapacidad personal; lo cual responde al ideologema básico del capitalismo: no hay pobres, sino perdedores. Y, viéndose a sí misma como perdedora, como un sujeto incapaz de competir y sacar rentabilidad en la competitividad cotidiana del capitalismo, enloquece. Sufre alucinaciones, ataques de pánico, hormigueo en las piernas y en los brazos. En el capitalismo avanzado, en vez de acudir al sindicato asistimos al psiquiatra; y en lugar de politizar el conflicto, éste se borra por medio de la medicación. Por eso, a pesar de la precariedad y la extracción de plusvalía absoluta y relativa, y del concurso de acreedores que atraviesa la empresa en la que trabaja Elisa, no hubo revuelo en la oficina, todo seguía «en el mismo orden de siempre, primoroso y eficaz, como si nada hubiera ocurrido».

¿En qué se diferencia La trabajadora de otros títulos de la narrativa actual donde el conflicto se interpreta en clave psicologista? La respuesta está en que Elvira Navarro le da la vuelta al esquema dominante: la enfermedad psíquica es consecuencia de la precariedad y no al revés. En mi ensayo La novela de la no-ideología (Tierradenadie, 2013) analicé el modo en que en la novela española actual la huella de lo político y lo social ha sido borrada a favor de una lectura individualista, moral o psicologista de los conflictos. Todo se reduce a un conflicto interior y el afuera si apenas existe es como escenario. Las páginas de la última hora de la novela española están llenas de sujetos descentrados, histéricos e inestables, que como Elisa y Susana tienen serias dificultades para llevar una vida plena y ordenada, en lo erótico y en lo laboral. Pero en La trabajadora de Elvira Navarro sucede justamente lo contrario: el exterior es lo que determina el interior del individuo, es la precariedad de un mercado laboral flexibilizado e inestable lo que impide a los sujetos construir una narrativa de vida coherente, labrarse un futuro, construir un horizonte vital sobre el que dirigir sus pasos. El capitalismo produce su locura.

En este sentido, La trabajadora de Elvira Navarro es un soplo de aire fresco en el ámbito de la narrativa española actual, que había acostumbrado al lector a intrigas complacientes y cómplices con el sistema, ocultando la materialidad de nuestros trastornos, preocupaciones y conflictos, como si quisieran transmitirnos la idea de que la explicación de todo lo que nos ocurre se halla en nuestro interior. Pero la verdad está ahí fuera, parece decirnos La trabajadora; una novela que abre las ventanas de la literatura, acaso para airearla un poco –que falta le hace–, acaso para que, desde la novela, podamos asomar la cabeza a la calle y observar el exterior, porque el exterior es lo que nos construye.

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