La trabajadora en Suburbano, por Paco Bescós

20/02/2014

Una de las mejores formas de definir lo común consiste en ponerse de acuerdo acerca de lo que no es común. Arranco mi reseña sobre La trabajadora con esta reflexión debido a algo que le escuché a Constantino Bértolo cuando fue invitado a presentar la nueva novela de Elvira Navarro en Madrid.

En aquella ocasión, el editor confesó (si lo entendí bien) que, tras haber leído las primeras páginas del libro, temió que Elvira Navarro hubiera pretendido pasarse a la ‘lista de los más vendidos’ entre otras cosas al centrar su libro en la patología, tema que él desprecia por alejarse de lo universal y centrarse en lo particular (luego había comprobado que la novela evolucionaba de otra forma alejándose de aquello). Bien, esta vez no estoy de acuerdo con el genial editor. Y tampoco creo que el propio Bértolo (que recientemente ha publicado en su editorial Caballo de Troya la novela de Iosi Havilio Paraísos, un texto tan brillante como centrado en la patología) creyese demasiado sus palabras.

Yo no sé si la patología vende más o menos (ni tampoco creo que caer en la lista de los más vendidos sea reprobable, aunque ese se trata de otro asunto). Pero opino que abordar este tema no es una forma de abandonar lo universal por centrarse en lo particular. Todo lo contrario: la patología marca el contorno de lo saludable, incluso de lo humano (como lector de Conrad, debo defenderlo así), una línea cloisonné que dibuja la silueta de lo que somos, la silueta que luego, como niños de guardería, debemos rellenar con color sin salirnos de la raya.

De esta manera, sí creo que La trabajadora puede leerse como una novela sobre patologías. Todo, en este libro, relata un desplazamiento centrífugo desde un estado inicial, saludable, hacia una frontera exterior, lindante a la enfermedad. El motor de dicho desplazamiento es, cómo no, la crisis económica que azota España. Y se trata de un desplazamiento múltiple.

En primer lugar, el de la protagonista, Elisa, que se mira en el reflejo de su compañera de piso, la trastornada Susana. Susana marca el límite al que Elisa teme llegar. Susana se encuentra al otro lado de la línea, de esa peligrosa línea a la que Elisa, afectada por unos terribles ataques de ansiedad, comienza a acercarse.

En segundo lugar, el desplazamiento físico. La ciudad se convierte en un escenario que apoya metafóricamente dicha situación: debido a sus problemas económicos, Elisa se ha visto obligada a abandonar el centro (lo estable, lo sano) y mudarse hacia una periferia hostil, de urbanismo caótico e inhumano y habitantes agresivos.

En tercer lugar, el desplazamiento interno del propio texto. Porque todo el libro puede ser entendido como el trazo de una frontera excéntrica y nuestra expulsión hacia ella, empujados por una enfermedad social. En este caso, la novela se lee como una llamada de atención: la bautizada como ‘precarización laboral’ está haciendo que las personas se acostumbren a un tipo de vida que antes considerábamos patológica. En el caso de Elisa, la protagonista, los problemas de la empresa para la que trabajaba la han obligado a desempeñar la misma tarea, pero sin contrato, con la inseguridad y ansiedad que esto trae consigo; súmese a ello los retrasos en su nómina, sus solitarias jornadas interminables y las cargas inhumanas de trabajo, y el resultado será una vida anómala, hostil, avocada a la enfermedad, en la que uno acaba por envidiar a los locos.

La trabajadora suma un contenido muy valioso a la ya habitual etiqueta ‘literatura de crisis’. En este caso (y es lógico, cuanto más nos alejemos del epicentro del desplome económico, más sutileza irán alcanzando las obras que narran sus consecuencias) podemos hablar de un relato más tangencial que, por ejemplo, Democracia de Pablo Gutiérrez o Tiempo de encierro de Doménico Chiappe. De hecho, uno de los aciertos de La trabajadora es no hacerse cargo de las situaciones más extremas, sino relatar una historia mucho más común. La historia de la precarización laboral y sus efectos particulares. A la protagonista no le falta el trabajo. Pero ha caído en esa espiral nociva de auto convencimiento que, con tal de mantener un empleo, nos lleva a conformarnos con la degradación de nuestras condiciones e, incluso, a sentir la tentación de considerarnos afortunados por no estar peor.

Sin embargo, podemos repetir este argumento cuantas veces sean necesarias en nuestra cabeza, pero no engañaremos a nuestro organismo, a nuestro entorno, a nuestro día a día. En La trabajadora, toda la vida de Elisa se precariza: sus ahorros, su salud, sus compañías, su vecindario… Incluso, ella pierde valor moral como persona a través del terror y la envidia que siente hacia su nueva compañera de piso. Por mucho que nos quieran hacer creer, no hay ganancia posible en los tiempos duros. Nada se aprende.

Si han seguido la obra de la joven escritora onubense quizá puedan hallar algunas de las claves que permiten que la novela alcance tal grado de verosimilitud. Se trata, quizá, de un compendio de obsesiones de la propia autora, ordenado y dotado de sentido interno. Por un lado, sus propias vivencias. Por otro, su fascinación por la ciudad, por la ciudad auténtica, no por el producto del delirio racional de los urbanistas ni de la convivencia fraterna pero desconfiada de la clase media-alta. Durante mucho tiempo, Elvira Navarro recogió esta fascinación en el excelente blog Periferia. Hay mucho de aquel blog en La trabajadora, y bien aprovechado, para que ayude a construir la historia.

Pero nada me distrae de esa idea principal. La señal de alarma. La criminalización del mensaje conformista. El “Al menos tienes trabajo”, el “Hay gente que está peor que tú”. Lo patológico ha de subrayarse una y otra vez antes de que nos acostumbremos a ello y se convierta en rasgo común. Nuestras vidas, en la crisis, tienden a lo patológico. Esta situación, la de España, es patológica. Y señalarla ha de recordarnos cómo deberíamos vivir y no vivimos.

Link: http://suburbano.net/lectura-de-la-trabajadora-la-nueva-novela-de-elvira-navarro/

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