Entrevista en 60Watts, por Claudia Apablaza

Claudia Apablaza
60Watts
Febrero de 2010

LA CIUDAD

La ciudad feliz es el segundo libro de la escritora española Elvira Navarro (Huelva, 1978), que ya había publicado su primera novela La ciudad en invierno hace un par de años por Editorial Caballo de Troya.

Narra dos historias: la de un niño chino que llega a vivir a España con su familia y al cual le cuesta brutalmente integrarse, y la de una niña que es acosada por un vagabundo, a la que los padres intentan sobreproteger y alejar del todo.

En La ciudad feliz Elvira Navarro vuelve a sorprender al lector con una novela tradicionalmente escrita en términos de lenguaje y de trama, a la vez que abre el mundo de estos dos personajes e historias conectadas sólo por contigüidad, ya que no se cruzarán en toda la novela. Historias narradas desde un punto de vista clásico y lineal, pero que configuran un mundo extraño, o dos mundos que se superponen, pero que no se mezclan; tal como los extranjeros, esos seres que vemos deambulando libremente por la vida y las Ramblas, pero que en ningún momento abren realmente su mundo al que está junto o consecutivo a él.

Es la segunda novela que escribes con la palabra ciudad (La ciudad en invierno y La ciudad feliz), cuéntanos por qué y si están trabajando en una trilogía.

La ciudad en invierno sale de La ciudad feliz, en concreto de la segunda parte, o si lo prefieres, de la segunda novelita, “La orilla”. Cada vez que intentaba terminarla, escribía un cuento. Menos el primer relato de mi primer libro, el resto proceden de intentos de rematar o completar “La orilla”. Eso por un lado. Por otro, y como consecuencia de lo anterior, hay un paisaje moral y sentimental parecido en ambos libros. En La ciudad feliz exploro la parte que dejé a oscuras en La ciudad en invierno: las familias y el entorno social. Además, desde que decidí escribir sobre un restaurante chino supe que iba a llamarse Ciudad Feliz (me refiero al restaurante), y que tal nombre iba a ser irónico sobre su contenido, pues la vida de Chi-Huei en el restaurante-asador no tiene nada de feliz. Con respecto a tu segunda pregunta, si estoy trabajando en una trilogía, la respuesta es no. Ni siquiera estaba trabajando en dos libros complementarios. Salieron así, de manera azarosa, y con ellos doy por concluido el ciclo de las ciudades.

¿Qué importancia tiene para ti y tu literatura el tema de la inmigración o extranjería?

No me interesaba ser fiel a la realidad en un sentido literal, si es que tal cosa es posible. En todo caso la extranjería, tomada esta palabra en un sentido amplio, sí tiene mucha importancia en mi escritura. Yo siempre exploro los límites, que es donde surgen los conflictos. Mis personajes son todos extranjeros con respecto a eso que llamamos “normalidad”.

Siempre trabajas con personajes que son niños o adolescentes. La rareza y soledad de ese mundo. ¿Qué es lo que exploras en ese trabajo?

He trabajado hasta ahora con niños y adolescentes por dos razones: la primera es que para escribir necesito mucha distancia, y eso es lo que tengo con respecto a mi propia infancia y adolescencia. La segunda es que me parece un territorio donde todo está por construir, donde siempre se es un poco terrorista y se vive con una intensidad máxima, y eso actúa en mí como un imán. En cualquier caso, el punto de vista que manejo no es siempre el de un infante o un adolescente. En La orilla, la segunda parte de La ciudad feliz, la narradora empieza hablando desde el futuro, y luego esa voz, encarnada en la niña, continúa siendo adulta. Hago un juego que me permite meter una mirada ajena a la que tendría alguien de esa edad, que se me ocurrió después de leer la primera de las nouvelles de Cómo me hice monja, de César Aira. Quería romper también esa convención: la de los niños hablando como niños.

¿Por qué motivo ambas historias de La ciudad feliz no se topan?

La unión y la completitud de las dos historias está clara desde el punto de vista de la propuesta, que es (aunque no sólo) la de una crisis de identidad. Por una parte está el niño chino, que se cría con una tía mientras su familia saca adelante un negocio en España, y que al irse a vivir con ellos se topa con unos seres en los que no puede mirarse, pues rechaza sus valores. Por otra parte, está la niña, perfectamente asentada en su pequeño mundo, en el que deja de creer cuando aparece el vagabundo. Además me están llegando lecturas que inciden sobre todo en lo social como punto de unión, y creo que no van erradas. Iban Zaldua me dijo que las dos historias están bien engarzadas desde esta perspectiva en la medida en que la parte china retrata la autoexplotación encaminada a conseguir cierto estatus, mientras que la segunda novela muestra a una familia que ya tiene ese estatus. Y Pozuelo Yvancos, en ABCD, puso el foco, entre otras cosas, en el modelo familiar: el patriarcal del chino frente al burgués de la niña. Dicho esto, he de confesarte que me la trae al fresco cómo se lea el libro, si como una novela, o como un conjunto de dos novelas cortas o nouvelles. También aquí me sitúo en la frontera.

Fragmento de La ciudad feliz

Chino

“Chino”, le dijeron un par de chicos mayores en el patio el primer día, y Chi-Huei no los entendió. Como no sabía una palabra de español, lo habían escolarizado un curso por debajo del que le correspondía. Al principio, la diferencia con los otros niños no se notó, pero al llegar a los ocho años era media cabeza más alto que el resto de sus compañeros, y a los nueve una cabeza entera, diferencia que se estableció durante los diez, los once y los doce. La cabeza, sin embargo, no era ni de lejos tan importante como el hecho de que fuera chino. Chino, chino, chino. Más chino conforme pasaban los meses y los años, y China se alejaba de su memoria. Así, las primeras semanas, musitando apenas el español, sus pequeños compañeros lo acogieron con cierta indiferencia; cuando dominó sin tacha el idioma, sus compañeros también sabían pronunciar con total naturalidad su nombre; al año, sin embargo, y debido precisamente a un cabezazo durante un partido de fútbol, el insulto que recibió fue el de “chino”, repetido a grito limpio y con desdén por los chicos del equipo contrario, y al curso siguiente ya nadie sabía decir Chi-Huei, sino chino. El chino de tercero, o más sencillamente el chino del colegio. A veces, para burlarse todavía más, le decían Chi, que sonaba a perro o a estornudo, y tal vez Chi-Huei se habría sentido para siempre chino de la China recién llegado, o perro, si nunca hubiese hecho amistad con Sara y Julia, y a través de ellas, con los otros chicos del barrio, que le llamaban indistintamente chino o Chi-Huei.

Cuando conoció a Sara y a Julia, éstas ya llevaban seis meses jugando todas las tardes de los fines de semana frente al asador. A Chi-Huei, que se sentaba en los escalones para merendar, le llamaba la atención el viejo que las vigilaba, que se plantaba en plena calle con una silla y daba enormes gritos cuando las niñas se perdían de vista. Más tarde supo que se trataba del abuelo de Julia, cuyo padre era el dueño del kiosco frente al cual se sentaba el viejo. También supo que se murmuraba que en su asador se servía carne de rata. Un día le preguntó a su hermano si aquellas niñas iban a su colegio. En el barrio había dos colegios, y su hermano iba a uno y él a otro.
– Esas son dos asquerosas niñas pijas de colegio privado, ¿o es que no ves cómo visten? –le dijo su hermano-. ¿Acaso te gustan?
Sí, le gustaban. Le gustaban sus gritos, sus risas, sus cabellos largos y limpios, la bolsa de golosinas inmensa que llevaban a todas partes y que iban consumiendo lentamente, entre carrera y carrera. Julia tenía una melena castaña muy abultada, y Sara el pelo negro y la piel blanca. Ambas se peinaban con la raya al lado, y muy a menudo lucían bolsos de plástico rosas, amarillos, azules, en los que guardaban espejos, móviles falsos, pintalabios y pistolas de agua. Llegaban siempre a las seis de la tarde, impolutas, y se despedían a las ocho y media, felices y exhaustas de correr y chillar. La imagen de las niñas desmañadas y enloquecidas le asustaba menos que las peripuestas que pasaban delante de él mientras merendaba, a las seis y media de la tarde. Cuando aparecían recién arregladas, perfumadas y compitiendo entre ellas por mirarse en los escaparates, a Chi-Huei, con su chándal y su irremediable cara de chino, le daban miedo. Procuraba apretujarse para no llamar la atención, e incluso se avergonzaba del mísero plátano que tenía que merendar y tiraba la cáscara lejos, pues la cáscara del plátano se tornaba repugnante en comparación con sus relucientes chucherías, ninguna de las cuales dejaba un resto bochornoso tras de sí. Pasaban por delante de él sin mirarle, y a veces incluso franqueaban el umbral del asador y se tapaban la nariz, y entonces las odiaba. Sin embargo, cuando al rato volvía a asomarse a la calle, dejaban de darle miedo y comenzaban a parecerle fascinantes en su crueldad, fascinantes intentando rajar los neumáticos de los coches con un cútex, fascinantes escupiendo en las espaldas de los transeúntes, fascinantes cuando se tiraban del pelo como fieras, hasta arrancarse mechones enteros.

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