Entrevista en Literaturas.com, por Carmen Fernández Etreros

Carmen Fernández Etreros
Literaturas.com
Abril de 2010
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«Mi escritura parte de la distorsión, de una mirada que privilegia aspectos que no son los habituales»

Leer ‘La ciudad feliz’, XXV Premio Jaén de Novela, de Elvira Navarro (Huelva, 1978), es una experiencia difícil de explicar, a veces parece el que el viento acaricia las páginas una a una, pero otras como si un cuchillo se clavara entre las letras. Al cerrarlo, en el lector queda ese regusto en el paladar de un café amargo y frío, pero dulce y tenue al mismo tiempo.

Después de ‘La ciudad en invierno’ (Caballo de Troya, 2007), Elvira Navarro nos presenta dos novelas cortas interconectadas: la de la infancia de Chi-Huei, enfrentado a la cultura china que su familia pretende mantener en nuestro país, y la de la adolescencia de Sara, una joven cuyos pensamientos chocan frontalmente con lo que sus padres le han inculcado.

Tu novela ‘La ciudad feliz’ ha sorprendido a los lectores, quizás una novela con muchas aristas y vértices cuya lectura no acaba al cerrar el libro. ¿Lo esperabas?

Un amigo me dijo que mi escritura parte de la distorsión, y creo que no andaba errado. No se trata en cualquier caso de una impostura, sino de una mirada que privilegia aspectos que no son los habituales, sobre los que no puedo evitar poner el ojo. Y no sólo al escribir.

Un título irónico y original ‘La ciudad feliz’, ¿en qué te inspiraste?

Bueno, yo no diría que el título es original, sino coherente. Mi anterior libro, ‘La ciudad en invierno’, tiene su origen en ‘La orilla’, la segunda parte de ‘La ciudad feliz’. Puesto que los vasos comunicantes entre ambos libros son evidentes, y además el restaurante-asador donde transcurre la primera historia se llama Ciudad Feliz, me pareció que ese era el título que le pertenecía a la novela.

Cuando vas leyendo las páginas del libro te vas dando cuenta de que los  dos protagonistas, Chi-Huei y Sara, están destinados desde la infancia a una vida que no les hará felices, y ninguno de los dos parece plegarse a las aspiraciones de sus padres, ¿son la infancia y la adolescencia el laboratorio de nuestras frustraciones?

En ‘La ciudad feliz’ trato el tema de las familias, que nos trasmiten una forma de vida de la que resulta muy difícil escapar. En Chi-Huei y Sara hay una resistencia a esa imposición. Me gusta trabajar con el territorio infantil y adolescente porque en ambas etapas hay un potencial muy fuerte para poner en duda nuestro sistema de creencias. De todas maneras, el punto de vista que manejo no siempre es el de la infancia. En ‘La orilla’, la segunda parte, pongo a una narradora que empieza hablando desde el futuro, desde la adultez, y que al mismo tiempo está encarnada en la niña, lo que da lugar a una niña que no es en verdad una niña. Esta idea se me ocurrió al leer la primera de las nouvelles de ‘Cómo me hice monja’, de César Aira. Quería romper esa convención realista de los niños hablando siempre como niños. Me adscribo a un realismo consciente de no ser más que una convención, y que por tanto admite el juego. En la literatura, el realismo es tan falso como la ciencia ficción.

En ambos casos parece que entre los padres y los hijos hay un foso infranqueable, una grieta marcada por la incomunicación y un diferente concepto de la autoridad, ¿qué ha cambiado en la relación entre los padres y los hijos en los últimos años?

Los padres, por lo general, quieren que sus hijos cumplan ciertas expectativas, lo que lleva a que en la comunicación sean como polis vigilando qué dicen y cómo, para corregirles. Dependiendo del grado de censura que apliquen, la comunicación será más o menos incompleta, o falsa, o incluso inexistente. Para que la comunicación sea buena ha de haber libertad y aceptación, y eso es muy difícil en una relación entre padres e hijos. Conozco familias con una comunicación fluida, pero son las menos. A tu segunda pregunta, cómo ha cambiado la relación entre padres e hijos, creo que sociólogos, maestros o padres podrían responderte mejor. Yo escribo desde mi experiencia como niña y adolescente. No tengo hijos ni demasiados amigos que los tengan, por lo que mis oportunidades de ver qué ha cambiado con respecto a mi generación son escasas.

Describes la infancia de dos niños en un barrio multicultural pero los miedos de sus padres no provienen de su amistad sino de lo que hay más allá de sus calles y lo que se va tramando en sus propias mentes. ¿Pueden realmente ejercer los padres ese control que pretenden?

Isaac Rosa trata admirablemente este tema en ‘El país del miedo’. En mi libro, el miedo se utiliza para que los personajes no se salgan del redil.

¿Son el olvido y la memoria protagonistas de tu novela como rezan las dos citas de Perec?

El olvido y la memoria son dos aspiraciones. Chi-Huei necesita olvidar lo que su familia le ha hecho. Tiene que deshacerse del lastre.  Por su parte, a Sara le convendría no perder la memoria de lo que ha visto gracias al vagabundo, quien viene a decirle que la realidad no es más que una construcción. Que no hay un mundo sólido al que agarrarse.

En tu novela retratas dos mundos de la ciudad que no se conocen: el de la comunidad china y el de los vagabundos, ¿por qué ese interés en indagar en lo desconocido de la ciudad?

Mi indagación no tiene nada que ver con la realidad en un sentido literal, o sociológico. No tengo ni idea de cómo es una familia china, y supongo que los sin techo lo son por una cadena de azares desastrosos, y no por voluntad propia, como ocurre con el vagabundo de mi libro. Yo me he limitado a dar una apariencia de realidad a unas historias inventadas con el fin de, aquí sí, tratar ciertos temas que pertenecen a eso que llamamos “lo real”, que sería a grandes rasgos el tema del libro. Sé que parece un galimatías, pero en fin, así funciona la ficción.