Entrevista en Noticias de Gipuzkoa, por Ruth Pérez de Anucita

Ruth Pérez de Anucita
Noticias de Gipuzkoa
17 de Noviembre de 2010
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“La realidad es siempre una construcción”

La crudeza valiente de La ciudad en invierno abrigó las expectativas de la crítica; con La ciudad feliz, Elvira Navarro avaló el criterio de sus primeros lectores. Hoy inaugurará el XXIII Encuentro de Escritoras de Donostia en la Biblioteca Central (18.00 horas) con su concepción de la escritura.

¿Cuáles diría que son sus grandes temas, el cuestionamiento de lo que entendemos por realidad, la construcción de la identidad…?

Mi búsqueda tiene que ver con el cuestionamiento de lo que llamamos realidad, que siempre es una construcción. Me sitúo casi siempre en la psique de un personaje para escribir, por lo que ese cuestionamiento lo hago desde la crisis de identidad. La identidad es necesaria para vivir; sin embargo, se trata de algo que se construye día a día. Es posible intervenir en ella.

Si observamos el mundo desde una óptica hipersensible, ¿se convierte en un lugar inhabitable? ¿Por eso sus historias se ubican en la periferia de las ciudades?

Creo que tengo ojo para señalar los rincones sucios de los personajes. Puesto que escribo desde ahí, genero mundos ásperos. Por otra parte, me interesan ciertos paisajes cuya carga significativa está menos fijada. De Manhattan todos tenemos un montón de ideas, es un lugar mítico; de Talavera de la Reina o de Sanchinarro no tenemos tantas. En cualquier caso, esto es una generalización; podemos sentirnos periféricos en Manhattan y hacer de Sanchinarro un centro, si bien es cierto que hasta ahora he escrito sobre personajes que tienden a querer diluirse en paisajes de la periferia.Los tres protagonistas de sus dos novelas son preadolescentes. ¿Qué quería explorar desde estas miradas?

Yo parto de mi vida para escribir, y necesito distancia para poder generar a partir de mis recuerdos un universo narrativo; eso explica que haya escrito desde la niñez y la preadolescencia. Es el territorio sobre el que más fácilmente puedo fabular. Además, el paso de la infancia a la adolescencia es muy crítico, por lo que resulta un buen laboratorio para hablar de la identidad.

Foto: Oskar Montero

¿Qué poso le ha dejado la filosofía?Tuve que alejarme de la filosofía porque tenía la impresión de que todo lo que escribía debía estar fundamentado en ciertas ideas o concepciones. Era como ponerse un cinturón de castidad. De todos modos, la manera de mirar filosófica está integrada en mi forma de abordar ciertas cuestiones, creo que por ello a veces lo que escribo roza lo discursivo y se aleja de lo puramente literario, si es que existe algo así.

Supongo que no le gustará formar parte de una generación y mucho menos ser considerada la cabecilla de una vanguardia. ¿Pero es consciente de que su forma de contar y lo que cuenta rompe con la tradición de los que ocupan las listas de los más vendidos en España?

Bueno, es que honestamente creo que no formo parte de ninguna generación y que mi escritura no es de vanguardia. Puede que sea un poco licenciosa con los géneros (mis dos libros han sido leídos en general como fronterizos), pero hoy día casi cualquier escritor se permite licencias. Sí es cierto que mi forma de contar se aleja del best seller, pero todos los escritores que queremos situarnos en un terreno literario nos salimos de ahí. Lo que persigo es ser fiel a las exigencias del propio texto, y hacerlo lo mejor posible.

Cuando la leo, no puedo evitar pensar en Belén Gopegui. ¿Cómo definiría la literatura que le interesa? ¿Eso se traslada también a otras formas de contar historias, como el cine?

Dentro de la narrativa española reciente Belén Gopegui es, junto con Juan Marsé, la escritora que más me ha influido. He descubierto que ciertas regiones de mi escritura están también cerca de Cristina Fernández Cubas, pero es un descubrimiento que he hecho a posteriori. Y soy bastante devota de Vila-Matas y de Javier Tomeo. Dostoievski es lo que yo elegiría si alguien me preguntara qué escritor me habría gustado ser. Y Duras me parece un ejemplo de escritora y escritura radical: está siempre al borde de ser ridícula, pero acaba siendo genial. La literatura que más me interesa es la que me permite explorar ciertos límites relacionados con la psique y la construcción de lo real; juraría que esta búsqueda también la traslado a otras manifestaciones artísticas, si bien hay ciertos tratamientos que me interesan en cine y no en literatura, y viceversa. Por ejemplo, el cine de terror. Me gustan mucho algunas películas de miedo cuyo tratamiento, llevado a un libro, sería pueril.

En “La ciudad feliz” se introduce en la psique de Chi-Huei, un niño chino que se integra (o lo intenta) en una ciudad española cualquiera.

Yo he contado la historia de una familia china inventándomela, es decir, que no se trata en absoluto de una verdadera historia de inmigrantes, sino, y aquí vuelvo al juego con el código realista, de una historia que tiene la apariencia de coincidir con la realidad, pero que no es más que un cuento chino. No pretendía reflejar la situación de los chinos, sino construir un escenario que me permitiera hablar de ciertas situaciones que se dan, que yo misma he heredado en tanto que soy hija de una burguesía que viene de un pasado donde se tenía que emigrar, y que tiene una visión de las cosas que procede de la inseguridad en la conquista de su estatus. He de confesar que no tuve mucha elección: el personaje del niño chino viene de mi infancia, e iba a ser un secundario; sin embargo, cada vez que aparecía, tomaba la voz. Y yo le dejé hablar.

¿Trabaja en alguna nueva “ciudad”?

Ciertos paisajes urbanos disparan mi escritura, hasta el punto que creo que no mentiría si dijera que a veces mis tramas están alzadas para poder flanear. Por tanto, no dejo las ciudades. Lo que sí que abandono es el territorio de la infancia y la adolescencia, así como incluir la palabra ciudad en el título.

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