Entrevista para El Faro de las Letras, por Alfonso García-Villalba

Alfonso García-Villalba
El Faro de las Letras

Hablamos hoy con Elvira Navarro, autora de ‘La ciudad en invierno’ que en palabras de Enrique Vila-Matas “es la sutil, casi escondida, verdadera vanguardia de su generación.” Hace unos meses hice en El Faro de las Letras la reseña de la citada obra con motivo de su reedición en formato de libro de bolsillo. Ya en aquella reseña quise hacerme eco de uno de los libros más significativos que han aparecido en el panorama narrativo español de los últimos años y que nada tiene que envidiar a las vedettes de la literatura independiente nacional. Ahora recuperamos a Elvira Navarro con motivo de su participación en el encuentro LITERATURA SOS 4.8 que tendrá lugar en el Centro Párraga de Murcia los próximos 25 y 26 de abril. Elvira Navarro estará presente en una mesa redonda en la que también participarán Javier Moreno, Eloy Fernández Porta y Agustín Fernández Mallo.

Vayamos directos al grano y hablemos de “La ciudad en invierno” de la que se puede decir que está a medio camino entre la novela y el cuento (Lo digo yo y lo dicen otros). Puede afirmarse, por tanto, que se mueve dentro de un terreno borroso, casi a-genérico (si esa expresión se puede admitir). ¿Cómo definirías tú “La ciudad en invierno”? ¿Crees que tiene sentido independientemente (es decir: si leemos cada uno de sus capítulos o fragmentos de forma separada, como si fueran cuentos)?

La escribí como conjunto de relatos, que pueden leerse independientemente, y ahora la veo como una novela cuyas partes son cuentos.

No obstante, si tomamos el libro como una novela, la protagonista presenta una evolución a lo largo de sus páginas. Podríamos hablar de una educación sentimental de la protagonista, pero una educación sentimental que deambula por el terror cotidiano, incluso doméstico, familiar. ¿Qué piensas sobre esto? ¿Cuál es tu opinión respecto a ese terror cotidiano del que hablamos (quiero decir: del que te hablo), de las ambigüedades – siempre extrañas y, a veces, sórdidas – de lo que nos rodea, de las personas que están cerca de nosotros, de nosotros mismos?

No estoy demasiado segura de que la protagonista evolucione, si por evolución se entiende un crecimiento personal.  Sí hay un efecto producido por la acumulación que nos lleva de una niña inconsciente y llena de fuerza que sortea como puede el chantaje sentimental adulto a una adolescente rebelde y descreída. De un extremo a otro se puede pensar en una sedimentación de cierta visión del mundo, que hace que la rebeldía de la niña, circunstancial, se transforme en una actitud vital. Yo hablaría entonces, en lugar de evolución, de proceso. De cómo se genera una creencia, una forma de caminar.

Sobre el terror cotidiano te diría que los que más daño nos hacen son los seres que tenemos cerca. Las familias. En ellas se cimenta eso que te acabo de decir: la forma de caminar. Cuando algo falla, y siempre falla algo porque nadie es perfecto, el resultado puede ser monstruoso. Y si no es monstruoso, sí es lo que nos hace cojear y sufrir. Lo que puede llegar a destruirnos. Creo que no hay nada más terrorífico que eso.

A veces, después de la lectura de este libro, se puede pensar que el comportamiento de la protagonista está cercano al nihilismo. A veces, sí. Pensemos sencillamente en el capítulo en que ella mantiene junto a una amiga una relación telefónica subida de tono con un desconocido y pensemos, obviamente, en el desenlace duro y sin contemplaciones del final  También se podrá hablar de cierto escepticismo desde su más temprana en infancia o de ciertos deseos también de resultar molesta a sus tías. ¿Qué es lo que quiere o desea la protagonista (si es que acaso anhela algo)?

Me he preguntado muchas veces qué había detrás de “Cabeza de huevo”, que lo escribí con un ánimo muy gamberro, pero también con rabia. Mi conclusión es que el asco que la protagonista siente hacia el ciego es una manera de devolver el golpe de haber estado gozando con alguien que le repugna. No se trata de nihilismo ni de escepticismo, sino de no aceptar una imagen de sí misma.

En cuanto al cuento de la niña, no sé si se presta a leerse desde el escepticismo. Desde luego, está escrito con una actitud radicalmente contraria a cualquier descreimiento. La niña afirma la vida, que su tía ahoga. Esta vieja tía no sabe manejar a la niña, y recurre al chantaje sentimental. A decirle a la niña: mira lo que me estás haciendo. Mira cómo estoy por tu culpa. Y ese comportamiento es criminal. ¿Qué sabe la niña? ¿Cómo va a ponerse en el lugar de la tía? Si un adulto no sabe manejar a un niño, la responsabilidad es sólo suya. Debe entonces aprender a manejar al niño bien, correctamente, y no mediante la manipulación. Porque la manipulación implica dañar. La manipulación significa: puesto que no puedo contigo cuerpo a cuerpo, voy a ver si te debilito echándote un somnífero en el vaso.

“La ciudad en invierno” presenta, desde mi punto de vista, múltiples lecturas. Y yo creo que eso es bueno. ¿Qué intención tenías al escribirla, cuando estabas trabajando en ella? ¿Ser ambigua? ¿Multiplicar las posibilidades de interpretación, de significados, de crear incertidumbre o desconcierto en el lector?

Yo puedo, en un momento dado, jugar con la ambigüedad, pero plantearme ser ambigua porque sí no es algo que me parezca serio. Escribir es comunicar, y hay que ser clara.  Otra cosa es que me meta en territorios que se resistan a esa claridad, y que entonces no haya otra que dejar la cosa en suspenso. Pero ese suspenso lo siento en primer lugar yo, mientras escribo.

En el capítulo que lleva como nombre “Expiación” creo que se profundiza en algunas de las ideas de las que te hablaba en la anterior pregunta. ¿Has buscado a conciencia crear esa turbación presente en sus páginas o tal turbación aflora inconscientemente – y en general – cuando escribes?

Bueno, creo que esto queda contestado en la pregunta anterior. No es que yo haya buscado ese efecto, sino que era la única manera de decir lo que  quería. En esa medida, es consciente, si bien te confieso que yo me instalo con facilidad en la turbación.

En cambio, la turbación, la tensión, la oscuridad que parecen engendrar los personajes (y sigo con “Expiación”) se contrapone al carácter luminoso de la realidad externa del paisaje como bien recoges en la narración: “La carretera, la montaña, la luz, el aroma de los jazmines y de los arriates recién regados, el placentero transcurrir de las horas e incluso el bochorno. Todo eso forma parte del encanto de las cosas mudas (…)”. Es como si hubiera una oposición entre todo aquello que maravilla a la niña y que puede entenderse como un descubrimiento casi fantástico de la realidad frente al mundo de sus tías, un mundo que para Clara es de catástrofe y oscuridad desde mi punto de vista.

La niña descubre fuera la vida. Para ella la estancia en el chalet sería maravillosa si no fuera por la tía, que representa la muerte.

El odio que, con frecuencia, aparece en las páginas de “La ciudad en invierno” es un odio irracional, incluso gratuito. ¿Por qué das este tratamiento al odio tan demoledor, tan profundamente irracional? Y, vale, todos sabemos que el odio es un sentimiento irracional…

No hablaría de odio, sino de rabia y de huida. Pero no hay gratuidad, o yo no se la veo. La protagonista reacciona frente a un mundo hostil: la tía, la violación y la estigmatización, los ritos de iniciación adolescentes, que son coactivos… En fin, para mí la causalidad está clara.

Hay algunos lenguajes que me cautivan. Por ejemplo el de los folletos de los medicamentos. En estos papeles no sobra nada. Ni una coma, ni un punto. Ni siquiera una palabra. Todo está medido. No es que tu libro sea igual (ni mucho menos), pero si hablamos de la forma en que empleas el lenguaje, habría que decir que éste se caracteriza por su sencillez, por no entretenerte en aspectos irrelevantes, por decirlo de alguna manera. Podría afirmarse que desnudas la narración de cosas superfluas, eso es. Además: Aligeras el peso del texto y, habitualmente, no dices las cosas directamente, no eres evidente, quiero decir. Eso es algo que me gusta de tu forma de escribir. Pero, ¿de dónde partes para llevarlo a cabo? ¿Cuáles son las referencias que te influyen para escribir así?

Me importa ante todo lo que se dice, y esto que se dice lleva su propia forma, que en mi caso es sencilla porque lo que quiero decir  repele lo secundario, el entretenimiento. Y porque además me gusta que una narración sea limpia. Supongo que esto se debe a mi educación lectora, o a mi educación a secas; a lo que ha ido conformando mi carácter. Tengo dos referencias fundamentales: Dostoyevski  y Marguerite Duras. Y luego hay autores, casi siempre extremos porque yo soy amante de los sentimientos fuertes y tremendos, de lo hard, que también me influyen: Agota Kristof, Thomas Bernhard. También me interesan mucho los autores que juegan: Cortázar, César Aira. Ambas cosas, el tremendismo y cierto juego, creo que están presentes en mí, o al menos yo siempre los barajo mientras escribo, pues lo que trato de decir me lleva a ellos. Responden también, en cierto modo, a mi actitud vital: tiendo a sentir de forma extrema, y para calmarme necesito jugar, que es relativizar. En el juego se abren paso otros puntos de vista, y desde ahí es más fácil solucionar las cosas.

Y ahora te pido que disculpes una indiscreción (que, a decir verdad, es múltiple) y que, si quieres ser mala respondiendo, lo seas. Primera indiscreción ¿Crees que has conseguido la repercusión necesaria (o la que esperabas) con “La ciudad en invierno”? Segunda indiscreción: ¿Consideras que las críticas que te han hecho son sinceras? Y tercera: ¿Crees que algún crítico que te haya tratado mal (si es que alguien lo ha hecho) no se había leído, en realidad, el libro?

Yo no esperaba conseguir ninguna repercusión. Ni siquiera pensaba publicar esos cuentos (o novela). Con eso te lo digo todo. Estaba fuera del circuito, no conocía la labor de las editoriales independientes, y lo que veía es que ninguna de las editoriales estrella publicaba libros de cuentos de autores noveles, y menos tan  cortos.

Con respecto a las críticas, espero que hayan sido sinceras, sí. ¿Por qué no? Yo no ocupaba (ni ocupo) ningún cargo desde el que hacer favores, ni conocía a críticos (ahora ya conozco a algunos) que pudieran estar dejándose llevar por la amistad, o porque un día no les saludé. Tampoco he tenido la impresión de que no se hayan leído el libro.