Entrevista para El País, por Javier Rodríguez Marcos

Javier Rodríguez Marcos
El País
21 de agosto de 2011
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“Nuestra sociedad es emocionalmente infantil”

Elvira Navarro ha dejado de fumar, pero pide un cigarro. Se considera urbanita, pero de vez en cuando necesita escaparse al campo. Nació en Huelva (en 1978), pero se crio en Valencia. Tiene un blog en el que narra sus recorridos por las afueras, pero vive en el centro (de Madrid). Su televisor no funciona, pero “en su día” fueron importantes para ellaTwin Peaks y La familia Monster. Le encanta el humor de Roald Dahl, pero no tiene nada que ver con él: “Es un tipo divertido. Cree en el humor. Yo escribo más desde la depresión. Siempre envidio aquello que no soy capaz de hacer”. La revista Granta la ha incluido en la lista de los mejores narradores en español menores de 35 años, pero no tiene la sensación de haber traspasado ninguna línea: “Solo he publicado dos libros. Siento que estoy empezando. Todo es precario”. También en lo económico, aclara. Vive dando clases de escritura creativa: “No puedo permitirme una casa ni tener hijos si quisiera tenerlos. Me cuesta llegar a fin de mes”.

FEDE SERRA

A Elvira Navarro le gusta el calor, pero no en exceso. En sus libros, la atmósfera está siempre algo cargada. Hija única, su madre es pediatra jubilada, y su padre, un hombre emprendedor “que ha hecho de todo: trabajar en hoteles, cementos, viajes…”. Ella estudió Filosofía, vivió en la Residencia de Estudiantes y en 2007 publicó La ciudad en invierno(Caballo de Troya), una historia de adolescentes a la que Enrique Vila-Matas calificó de clásica y feroz. Dos años más tarde ganó el Premio Jaén de Novela con La ciudad feliz(Mondadori), que narra las historias cruzadas de una niña y su amigo, hijo de una familia de inmigrantes chinos. Sentada en la terraza de un bar, a dos pasos de un parque infantil, el ruidoso fondo de la conversación parece sacado de uno de sus relatos.

La ciudad en invierno, la ciudad feliz, un blog sobre la periferia… ¿de dónde sale tanta ciudad? Todo mi territorio narrativo nace de una calle concreta de una ciudad muy concreta: Valencia. Por algo que yo misma no me explico, centré mi atención ahí. Desde niña estaba muy atenta al entorno. Me estimula. Tal vez seguir pateando la ciudad sea la manera de acudir a la raíz de lo que escribo. La propia ciudad me lleva a escribir.

¿Qué enseñan las afueras que no enseña el centro? Las afueras son territorios indefinidos. Eso da una sensación de mayor libertad, sobre todo para un creador. En el centro, los lugares ya están codificados, ya tienen una definición y una foto de postal. Eso no quiere decir que no pueda inspirarte, siempre puedes deshacer ese código, pero es más difícil.

Las afueras son… Son como plastilina. Las puedes moldear. Además, creo que ahora nos definen mejor. Las identidades están ahora mucho más diluidas. A pesar de que todos queremos vivir en el centro, nuestra manera de ser tiene que ver con esa fealdad y con esa precariedad.

¿Hay un interés social o político en mostrar lo que no suele salir en las fotos? Cualquier posicionamiento respecto a la realidad es político. ¿Social? Yo no voy a los barrios para denunciar que hay una grieta o que la gente está alojada de mala manera. Eso no está en el primer plano, aunque sí me fijo en lo que normalmente no sale. Pero puede haber incluso algo de aburrimiento, una intención de mostrar siempre lo mismo, de no hacer de la realidad algo unilateral. La realidad es siempre aquello por lo que la definimos, y siempre se define por los mismos parámetros. Me interesa ir a los sitios en los que eso se diluye. Y eso es político.

¿Y cuáles son los parámetros que siempre se repiten? Los crean los medios de comunicación. Tenemos muchísima información y todo debería ser caótico; sin embargo, tengo la sensación de leer siempre lo mismo. Se genera una dinámica de titular que nos afecta en todos los sentidos: tenemos que ser jóvenes de una determinada manera, vivir, vestir, pensar de una determinada manera. La sobredosis de información, paradójicamente, permite menos el encuentro con algo azaroso. Todo está sobrecodificado.

¿Cuál es el gran problema de las ciudades? Los coches. Se dice que Madrid es una ciudad inhumana y yo no la veo así. El centro es muy caminable y está lleno de calles estrechas que precisamente no fueron construidas para los coches, aunque siempre están ahí. Los ayuntamientos deberían tener más valor y tomar medidas más impopulares. Darse cuenta de que la ciudad no la habita el coche, sino el peatón.

Otro foco importante en sus libros es algo tan indefinido como la periferia: la adolescencia. El material que uso para escribir procede de vivencias mías que reelaboro. Para no quedarme en algo testimonial -“mi vida es esto”- necesito distancia, y los periodos con los que tengo mayor distancia son la infancia y la adolescencia. Me interesan porque son edades limítrofes, donde la identidad se está forjando y uno es en teoría más libre, aunque solo sea por desconocimiento. Ahora traduzco todo esto a un discurso racional, pero cuando me pongo a escribir no digo: “A ver: parámetros”. Los personajes ya vienen con sus historias y con su lenguaje.

¿Con qué lenguaje llegan inmigrantes como los chinos de ‘La ciudad feliz’? Cuando escribí la historia del niño chino, no pensaba en los inmigrantes como categoría, solo dejé que ese personaje hablara, no investigué. En el fondo, lo que quería era vehicular cosas que yo viví en mi infancia aunque no fuera de forma tan bestia. Mi madre tiene su origen en un pueblo, conserva esa cosa de “estatus recién alcanzado que parece que estás siempre a punto de perder”, eso de tener que llegar a algún sitio… Yo tuve un amigo chino. Su familia tenía un restaurante y me recordaba esa furia por conseguir algo. En muchos inmigrantes se da de forma extrema porque su precariedad es total. Quería hablar de la autoexploración siguiendo un marco solo aparentemente chino.

Podía ser la historia de unos españoles de otra generación. Exacto. Cuando Constantino Bértolo [editor de Caballo de Troya, de Mondadori] leyó la historia, me dijo: “Esto lo has puesto en chino, pero podrías estar hablando de gallegos”.

¿Existe una literatura de cada tiempo o el arte es eterno? El gran cambio no lo marcan las historias ni si son lineales o fragmentarias, el gran cambio es el lenguaje. Por muchos elementos que tome de la tradición, yo hablo de otra forma.

¿Cambia también la manera de enfrentarse a los grandes temas? Uno de sus protagonistas habla con ironía del “lote romántico”, esa idea de que uno encuentra a alguien que le ama y a quien ama… Muchas veces se tienen ideas a propósitode lo que deben ser las cosas y nos convertimos en esclavos de esas ideas porque las cosas no coinciden con ellas. En la relación amorosa somos esclavos de una idea romántica del amor que al final es muy dolorosa porque buscas estar siempre en la cresta de la ola y supongo que, bueno, supongo no, eso no es viable.

Junto a la ciudad, el otro escenario de sus libros es la familia, que es casi un género literario. Es que lo mejor y lo peor del mundo está en la familia. Para mí es inevitable tratar el tema porque parte de lo que ocupa mi cabeza durante el día son cuestiones familiares, para bien y para mal. En literatura, generalmente, para mal. Y eso es justo lo que te hace escribir. La felicidad es poco productiva. En la familia está todo: tu identidad, lo que se supone que tienes que ser, la educación que te han dado para habitar el mundo… La familia es un lugar lleno de telarañas.

¿Fue usted una adolescente feliz? Si es que se puede ser feliz siendo adolescente. Yo no lo fui. Supongo que hay gente con tendencia a estar bien, a no plantearse conflictos, pero creo que es una época difícil: estás creciendo, te interesa la opinión de los otros, estás hipotecado por los demás…

Actualmente se repiten mucho dos frases: los jóvenes de hoy son eternos adolescentes y esta es la juventud mejor preparada de la historia. ¿Acierta alguna? Lo de la juventud mejor preparada se toma solo desde el punto de vista intelectual -carreras, másteres, pero muchos de nosotros somos un desastre desde el punto de vista práctico. No nos hemos tenido que ganar la vida desde… bueno, nunca. La mayoría tiene el colchón de sus padres, aunque sea un colchón precario. Además, emocionalmente esta sociedad es bastante infantil. No quiero generalizar, pero tengo la impresión de que somos muy reacios a responsabilizarnos, a comprometernos e incluso a arriesgarnos. Lo hemos tenido muy cómodo y cuesta sacar la patita, no vayamos a perder algo. Ser los mejor preparados no es suficiente.

¿Qué definiría ese infantilismo social? La falta de conciencia, no solo política, también personal, de lo que somos cada uno. Siempre estamos esperando cosas de los demás y culpando al mundo de nuestros males. Obviamente, no nos rodea el mejor de los mundos posibles, pero falta una toma de conciencia de lo que cada uno puede hacer. Lo que tengo es un poco lo que me merezco. La crisis no es solo culpa de los bancos. Nosotros hemos permitido que estos señores lleven las cosas hasta aquí. Ahora se está reaccionando, tal vez tarde. Todo va mal, sí, ¿y qué haces tú?

¿Y qué hace usted? ¿La literatura puede cambiar algo? Todo puede cambiar algo. Al capitalismo no lo van a derrotar los libros, pero todo tiene un efecto en la realidad, aunque sea pequeño. De entrada, uno tiene que empezar por ser respetuoso y no escribir de cosas que no le competen. Conseguido eso, hay una responsabilidad del escritor no porque tenga que ser un salvador de nadie, sino porque genera un discurso que tiene un efecto. No me vale un escritor que me cuente mentiras.

¿Y cómo sabe que son mentiras? ¿Es la mentira una cuestión de estilo? Pues a veces sí. No me vale que alguien vaya de héroe y en sus libros no se vea más que a un vanidoso. Hay una falta de honestidad que se percibe en la escritura.

¿Algún ejemplo? No [risas]. Creo que eso que se percibe pertenece al territorio moral. Una tiene que intentar hacerlo lo mejor posible. Y para eso, me temo, tampoco sirve ser solo la generación mejor preparada, etcétera.

Usted estudió Filosofía. Sí. Yo quería escribir y me interesaba la literatura, pero en mi colegio el estudio de la literatura era muy zoológico: “Uno, recursos estilísticos. Dos, personajes: ¿redondo o tipo?”. Aburridísimo. Sin embargo, tuve un profesor de filosofía muy bueno. Las ideas de las que se hablaba en clase era lo que a mí me interesaba de los libros literarios.

¿Tiene eso que llaman pensador de cabecera? Fui por épocas. Tu pensamiento nunca acaba de formarse, y los grandes filósofos de la historia son máquinas de pensar. Cuando lees a Kant, te convence. Cuando lees a Hegel, te convence. También cuando lees a Deleuze. Todos te convencen porque tienen un aparato de argumentación muy potente. Te hacen creer que las cosas, muy verosímilmente, son así. Obviamente, cuando un trimestre has sido kantiana, otro hegeliana, otro… ahí pasa algo.

Este trimestre, ¿qué es? Siento simpatía por Kant. Y durante un tiempo me interesó mucho la filosofía francesa, pero al final tenías la sensación de hacer la revolución con frases de departamento de facultad, aunque el pensamiento de los años setenta fue muy necesario. Mejor que no hable de esto, porque hace mucho tiempo que no leo ensayo académico.

¿No pensó en dedicarse a la filosofía? Es que yo quería escribir. La idea con la que yo engañé a mi madre para que me dejara venir aquí -en Valencia había Filosofía y era un gasto venir a Madrid- era que sería profesora de universidad. Cuando vieron que no, pues funcionaria. Y al final, ni funcionaria ni nada.

¿El sueño del español medio…? Es comprensible por el lado de la seguridad material, pero con eso hay una especie de histeria. Parece que si no tienes esa seguridad, te vas a morir de hambre. Tal vez tenga que ver con una visión muy pesimista, española, de las cosas: “La vida es un horror, no te arriesgues porque todo lo que te pueda pasar es malo”. Es una visión avarienta.

Ahora ni los funcionarios tienen seguridad. ¿Cuál cree que es el signo de nuestra época? La insatisfacción. Pero yo misma no sé muy bien qué buscamos.

¿La insatisfacción se vuelve indignación cuando sale a la calle?La indignación es necesaria y lo era hace ya mucho tiempo. Espero que permanezca como motor para conseguir que la democracia sea más participativa, que no lo es. Ojalá sirva para generar alternativas a este pequeño desastre.

¿A los jóvenes les interesa la política más de lo que parecía? Se ha roto el cliché del pasotismo, que es propio de momentos en los que uno está más o menos bien. Uno está conforme con el orden que hay porque vive cómodamente. Cuando se acaba la comodidad, se acaba el pasotismo. Inevitablemente.

¿La reforma ha tomado el lugar de la revolución? Ya no se pide cambiar de sistema, sino trabajo, casa y jubilación. Hay propuestas concretas para que no sea la economía la que mande sobre la política. Que sea la gente la que dirija la labor de los bancos, y no al revés. Se pide una mayor autogestión de los recursos. Y hay algo de revolucionario ahí. Si eso se consiguiera, cambiarían muchas cosas.

No querría que, como dice usted en su blog, esta fuera una de esas preguntas que nunca se le harían a un hombre, pero la incorporación de la mujer a la sociedad forma parte de esas cosas que han cambiado. Y para su generación, radicalmente. ¿Cuánto falta para que no sea tema de conversación? La mujer se ha incorporado a la sociedad, aunque no a los puestos directivos; la discriminación sigue existiendo. Hay, sin embargo, un fenómeno curioso, por ejemplo, en la crítica literaria. Un blog lo puede abrir cualquiera, pero los de referencia son de hombres. Pocas mujeres han dado un paso adelante ahí para partir la pana.

¿Son menos competitivas? Nos educan para no serlo. A los hombres parece que la competitividad os viene de casa. Creo que tiene que ver con la tendencia a, con perdón, medirse la polla. Las mujeres todavía tienen que hacer un esfuerzo para no sentirse incómodas en un ámbito de poder. Tal vez habría que plantearse si ser competitivo es un valor o no.

¿Lo es para usted? No. Creo que hay que hacer las cosas lo mejor posible no para alcanzar ningún puesto, sino como un valor en sí mismo.

¿Un mundo con más mujeres decidiendo sería mejor? Depende de los valores desde los que se decida. Si se decide desde los mismos valores desde los que han venido decidiendo los hombres, no cambiaría absolutamente nada.

Otra pregunta de repertorio: la escritura femenina. ¿Existe una visión del mundo de escritora? Sí, en la medida en la que lo masculino y lo femenino siguen siendo valores que funcionan. Y no digo que sean valores eternos ni universales, digo que siguen ahí. Mientras haya dos maneras de mirar, existirán dos visiones. Además, hay cosas digamos masculinas que se asumen como neutras porque están normalizadas. Ahora bien, una elige también el lugar desde el que escribe. Pensemos en un tópico femenino: los sentimientos. Si lees a Clarice Lispector, ves cómo se zambulle en los sentimientos sin sentimentalismos. Ninguna visión del mundo es monolítica.

Sin rodeos

Libro que le habría gustado escribir: ‘Relatos de lo inesperado’, de Roald Dahl. Lee todo de: Belén Gopegui. El próximo Premio Cervantes, para:César Aira. Canción que le pone de buen humor: ‘Estaba lloviendo’, de Kiko Veneno. Y de mal humor: El country. Película autorretrato: ‘Entre tinieblas’, de Almodóvar. ¿Pueden ser dos? ‘Arrebato’, de Zulueta. Un pintor: Antonio López. Una ciudad: Madrid. Un país: España. Está socialmente sobrevalorada: La diversión nocturna. Manías antes de escribir: Escuchar música. Tengo bandas sonoras de temporada. Ahora, Coque Malla, ‘Termonucleares’. Está ahorrando para: Nada. Lo mejor del verano: La sensación de ligereza. Llevar poca ropa. ¿Trasnochar o madrugar?: Soy extrema, las dos. Pendiente: Dejar de fumar.