Entrevista para QUÉ LEER, por Milo J. Krmpotic

Milo J. Krmpotic
QUÉ LEER
20 de enero de 2010
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Su debut, “La ciudad en invierno”, le valió los parabienes de la crítica en general y de Enrique Vila-Matas en particular. Ahora, “La ciudad feliz” (Mondadori) le ha reportado el Premio Jaén de novela. Sus 31 años escasos invitan a hablar de promesa o recambio generacional, pero no nos confundamos: Navarro es un excelente aquí y ahora de nuestras letras.

Bastan unas pocas páginas para descubrir que no hay dicotomía que valga. La ciudad en invierno ha dejado paso a La ciudad feliz, sí. Pero Ciudad Feliz es apenas el nombre del restaurante chino desde el que el pequeño Chin-Huei se asoma al mundo y a su amiga Sara, dueña de la segunda parte del libro. Y los protagonistas de Elvira Navarro (cuando menos hasta la fecha), como buenos adolescentes que son, experimentan y se queman, aprenden pero son incapaces de escapar al rencor para con sus mayores, en ocasiones quedan marcados y se aprestan a vivir con esas cicatrices a cuestas… Ajena a cualquier apología de la inocencia, la onubense es dueña de una narrativa que insiste en reflejar los aspectos más turbios y dolorosos de ese territorio tan frecuentemente idealizado que es el de la infancia; de paso, reclama también la ingenuidad en la que se gesta el desencuentro con el mundo adulto.

Varias de las voces que elogiaron La ciudad en invierno, Enrique Vila-Matas incluido, insistieron en ver a Clara, su protagonista, como una presencia pérfida. ¿Tanto cuesta asimilar con naturalidad, sin juicios tirando a negativos, los devaneos de una niña con la sexualidad o el ejercicio de su propia, incipiente, torrencial voluntad?

No andas errado, aunque el libro también se presta a decir de la protagonista que es pérfida. Yo de adolescente tenía conciencia del mal, pero se trataba de una conciencia insuficiente. Era cruel desde el candor. Desconocía las consecuencias de mis actos. Me quedaba con una vaga sensación de poder ejercido de manera sucia. Creo que hacerse mayor consiste en aprender a ponerse en la piel del otro. Ahí reside el poder legítimo. Clara no sabe eso. Por otra parte, pienso que si cuesta asimilar con naturalidad la sexualidad y la voluntad de una niña es por falta de memoria. Nos hemos dejado devorar por el cliché, por lo que nos han dicho que es un niño o un adolescente.

Esa reacción es muy similar a la que suele proyectarse sobre la Lolita de Nabokov. ¿Te ha influido de algún modo esa obra?

Lolita es un libro que adoro, pero no jugó ningún papel en La ciudad en invierno. Lo que yo tenía en la cabeza mientras lo escribía era Historia del ojo, de Bataille, en la que unos niños descubren la sexualidad sin tener idea alguna de lo que es el sexo. Sin prejuicios. Sin nombrar. Con Clara es un poco igual y no sólo en el sexo, que es un tema marginal de la novela.

La protagonista de La orilla, segunda nouvelle de La ciudad feliz, ¿enmienda o complementa de algún modo a Clara?

Todas las historias de La ciudad en invierno, excepto la primera, proceden de La orilla. Cada vez que intentaba terminarla me salía un cuento. Me pasaba lo que dice Cortázar en Rayuela, que hay que hacer salir al monstruo de la habitación para comenzar a hacer algo. Clara es ese monstruo. Al irse, la protagonista de La orilla pudo comenzar a explorar, que era lo que me interesaba. Clara es estática. No se mueve del lado oscuro. La protagonista de La orilla va de un sitio a otro. Juega. No está definida.

Dicen que el primer gran trauma inconsciente se da con la salida de la madre de la habitación en la que se encuentra el bebé, esa primera soledad. Si no sucede nada raro, quizá el primer gran trauma consciente suceda cuando es el adolescente quien quiere abandonar el salón en que se encuentran sus padres, cuando experimenta ese rechazo inicial porque su voluntad comienza a ser distinta a la que le han venido marcando. ¿Podría decirse que ése es el ámbito alrededor del cual orbitan tus obras?

El otro día un amigo me dijo lo siguiente: “Lo que mi madre suponía sobre mí cuando era niño era mil veces peor que mis bellaquerías”. Eso por un lado: la mirada viciada que los adultos proyectan sobre los infantes. Y, por otro, estas palabras de La niña santa, película de Lucrecia Martel: “Teníamos catorce o quince años. El mundo tenía la medida exacta de nuestras pasiones. La intensidad de las ideas religiosas y el deseo sexual nos hacía voraces. Éramos implacables en nuestros planes secretos. Alrededor la vida se desnudaba, más rápido que nosotras en su basta complejidad. Estábamos alerta porque teníamos una misión santa, pero no sabíamos cuál era. Cada casa, cada pasillo, cada habitación, cada gesto, cada palabra, necesitaba de nuestra vigilia. El mundo era monstruosamente bello”.

¿Y cómo recuerdas ese instante de rebelión dentro de tu propia trayectoria vital?

No podría señalar un instante. Fue un proceso que comenzó en mi adolescencia. Me volví hosca e idiota. Mi rechazo fue ciego, visceral.

¿De dónde surge la parte china del libro? Entiendo que no es el tema de la inmigración el que más te interesa, pero sí hay detalles que parecen sugerir una atracción por esa cultura…

He trasladado al libro, con sus nombres y todo, la pandilla con la que jugaba en mi barrio durante mi infancia. Uno de mis amigos era el hijo de los del restaurante chino de la esquina de mi calle. Más tarde, conocí a un taiwanés cuyo abuelo había montado un negocio de pollos para que sus nietos pudieran estudiar en España. Me pareció una historia curiosa, pues no se trataba de gente pobre, aunque vivían y trabajaban como si lo fueran. Mientras escribía La orilla llegó un momento en que el personaje del chino tomó la palabra. No fue algo premeditado. Me di cuenta de que ese entorno chino, inventado a partir de las vidas de estos dos amigos, me permitía tratar ciertos temas con gran libertad, y tal vez también con más eficacia.

Tus novelas, precisamente, resultan de la suma de otras historias más cortas; es decir, que su sentido se construye a partir de la suma de otros sentidos menores. Y tengo la sensación de que eso sucede de forma natural, que es el lector quien encuentra novelas donde tú habías concebido relatos. ¿A qué crees que se debe tal cosa?

Pues supongo que porque un tema actúa en mí como si fuera una chistera, generando varias historias. Puesto que todas giran en torno a un mismo origen, se produce el efecto acumulativo propio de las novelas.

Eres licenciada en Filosofía. ¿Hasta qué punto esa formación condiciona tu literatura? ¿O es tu literatura la que complementa a la filosofía?

Estudié filosofía porque lo que buscaba en los libros eran ideas que me ayudaran a vivir y a conocer. Aunque mi pasión era la literatura, los planes de estudio del bachillerato, que parecen diseñados para disuadir a los jóvenes de que lean, trataban la literatura como si fuera una rama de la zoología. No se pensaba a propósito de los libros, sino que se clasificaba. Y eso que tuve algunos profesores estupendos, que hacían lo imposible por boicotear algunas de las inutilidades del programa y su metodología. El caso es que vi que, a través de la filosofía, podía alimentarme de ideas de forma directa. Por otra parte, a la literatura ya llegaba yo sola, pero para la filosofía necesitaba maestros.

Aún no he contestado a tu pregunta. La filosofía y la literatura hablan sobre lo mismo, la una de manera explícita y la otra de forma implícita. La filosofía, además, es un radar de ideas. Y enseña a argumentar. Creo que todo esto se ve en mi escritura, que a ratos se torna muy argumentativa y poco literaria.

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